Apretado por la magia

Cuento de Fabián Saladino

Podría haber sido todo una continuidad, un imparable hacer. Pero siempre está la opción, tan incierta como todo lo que somos, de que el día nos catapulte.

Camina allí, con rumbo a la puerta blanca, a la par de un porvenir jugoso. Viste con ropas livianas, como parece indicarlo el clima, siempre tan inseparable del cuerpo. Camina también para acá, rumbo a lo incierto de esta laguna repleta de ensueño, a la par de infancias que conmocionan.

No sabe bien –ni se jacta de querer saberlo– qué lleva entre las manos, ni qué hospeda en todo ese lugar al que está llegando.

¿Es un arribo cruel?

Al cruzar la calle hay oscuridad, hay pasaje de rumbos; y vaya a saber qué barrio es.  Siempre se necesita un lapso para parpadear.

Extiende una de sus manos y acciona un picaporte, de esos que con su ruido avisan a uno mismo que del otro lado hay un lado. Antes, mientras cruzaba la calle, se imaginaba otro peinado y se miraba en las vidrieras adivinando cómo quedaría.

No –se contesta a sí mismo en voz alta. –

Ya adentro y al sentir las alas se le antoja un reposo, de esos que un ave puede hacer planeando suspendida. Se comienza a contemplar a su sí mismo, tirado en los suelos alfombrados. Aún desconoce qué se lleva en las manos cuando ocurren estas cosas, pero no le da importancia.

Hay caminatas cerca, sin duda alguna. Se escuchan los pasos y lo pasan por encima, parece ser –o, al menos, por retumbar tan cerca, le pasan al costado–. En esos instantes puede ocurrir que la cabeza siga observando las alfombras, esperando que termine todo así. Pero, por qué no, también puede surgir la ocurrencia de alargar los ojos, convertirlos en óvalos o gotas espesas adheridas a una calavera de carne –inquieta– que mira, descubre e inventa sus alrededores.

Levanta su mirada y, mientras ve a su sí mismo en su lugar, divisa al paseador. Es crudo futuro, de esos que despedazan a la melancolía y la dejan tirada pidiendo oxígeno.      Con mirarlo solamente llega a la conclusión de que su sí mismo no está tirado. Ahí deja de verse y se dispone a ser. Siempre se necesita un lapso para parpadear.

Hay momentos en que el tiempo puede quedar suspendido. Puede que todo sea mera confusión, pero al fin y al cabo, confusión o no, si el pájaro se dispone a planear nada lo interrumpirá: porque ya contempla el viento que lo rodea, porque las alturas son las apropiadas. En definitiva, cuando algo pasa, pasa.

Mira y lo ve revolviendo una caja, buscando tal vez lo que él tenía en su mano. No ve casi nada ya, tal vez no se lo permite su sí mismo. Girar la cabeza sería inapropiado cuando ya se está ante lo que se busca. Ve diferencias respecto del crudo futuro, pero poco le importa; esto es plena suspensión del tiempo.

Estira sus manos y toma –o mejor dicho se deja ser tomado por– esas extremidades diminutas, propensas a apretar lo que se presente. Pide la otra extremidad, no sin la tristeza de saberse llegado al punto límite, a ese momento en el cual si se cumple un deseo más ya no habrá lugar para el siguiente.

Al tocar la otra extremidad él lo sabe perfectamente. Tocar esa pequeña mano que lo conduce a infancias perfectas, tardes de ensueño… es también tocar el fin de todos los tactos.

Mentalmente se ejercita a sí mismo y se pregunta, ya lejos de las pequeñísimas manos, de la alfombra y en pleno futuro:

-Pero… ¿por qué no recordarlo como un apretón de manos distinto? ¿Por qué ver sólo lo que ya “no es ni puede ser” si eso, a causa del “haber sido” nunca habrá dejado de ocurrir? ¿Por qué no alegrarse por lo que fue y celebrarlo recordándolo como eso merece?

Ahí, la melancolía arrojada se levanta. Las manos del bebé, un bebé que disfrutaba de jugar con sus juguetes, le habían hecho llorar casi al recordar que ya no estaban. Pero luego, al vivir el momento, se sintió fuera de todo tiempo, envuelto entre esas manos. Siempre que se le antoje se envolverá entre esos pequeños dedos y jugará con los juguetes, no como quien se entristece de no jugar más, sino como quien sabe que esas manos habrán envuelto las suyas una vez y nadie podrá borrar eso que ocurrió, jamás.

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One Comment to “Apretado por la magia”

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