Camino de Primavera

Ensayo de Agostina Martinez

¿Quién no se quedó alguna vez observando una flor? Este ensayo es el fruto de un paseo primaveral que desembocó en una reflexión seria sobre la precarización laboral.

“Ningún camino de flores conduce a la gloria”[1]

A la hora de sentarme, relajarme y apreciar la naturaleza elijo mi jardín, pero al hacerlo noto que no está suficientemente florecido, por lo que prefiero dirigirme a la plaza. Asimismo, siento que no es lo bastante pomposo como para instalarme allí. Finalmente, luego de muchas idas y venidas, me dejo llevar y desemboco en el medio de un bosque, pequeño pero que tiene tantos árboles y tan distintos que me alcanzan para lograr mi objetivo.

Una vez sentada en pleno silencio me pregunto, ¿qué fue aquello que me llevó allí?

Sin obtener respuesta alguna, me detengo a observar una flor. No cualquier flor, sino aquella que se encuentra a metros de distancia de las demás, como si estuviera relegada, o cansada de tanto remar para alcanzar al resto.

Es joven, como si recién acabara de abrir sus pétalos al mundo. Tiene la expectativa intacta de que su moneda de oro no se separe de ella ni un segundo, a excepción de cuando se sienta ahogada, reclamando, a través de la ansiada lluvia, un poco de alivio. Se la ve debilitada; no hay siembra a su alrededor y sí hay suficientes secuelas que hacen que pierda su silueta y sigilosamente vaya dejando de ser aquel símbolo que alguna vez fue. A partir de esta breve reflexión, vuelvo a plantearme, ¿qué fue aquello que me llevó allí? ¿Qué camino seguir para llegar a ella? ¿Qué estrategia utilizar para provocar su glorioso renacimiento?

Así como “No hay árbol que el viento no haya sacudido”[2] yo digo no hay sociedad que el tiempo no lo haya hecho. Especialmente en la nuestra. No se puede seguir ni uno ni varios caminos y tampoco creo que haya estrategias lo suficientemente eficientes como para alcanzar la gloria eterna. Según la Real Academia Española, el término “gloria” significa, en una de sus variadas acepciones, “Persona o cosa que ennoblece o ilustra en gran manera a otra, en tanto reputación, fama y honor que resulta de las buenas acciones y grandes calidades”.  La sociedad, especialmente aquella que se manifiesta poderosa y cree haber alcanzado la misma, con su pensamiento maquiavélico, actúa de tal manera que somete a los individuos a un desencantamiento weberiano, incitando la falta de autenticidad, de originalidad y de compañerismo así como la competencia indiscriminada, especialmente en los jóvenes. ¿No tendrían que ser ellos los que llenen los bosques de copiosos árboles, las plazas de diversas flores y los jardines de coloridas alegrías?

La afirmación de Robert Kennedy de que “Vivimos en un mundo revolucionario y, por lo tanto, como he dicho en América Latina, Asia, Europa y Estados Unidos, son los jóvenes quienes deben tomar la iniciativa”[3] es cierta, pero con las actuales políticas y condiciones de trabajo se hace muy difícil. Basta simplemente con sentarse sólo dos minutos y observarlos en sus respectivas tareas: los jóvenes se ven sometidos sin cesar a la falta de riego, a la incapacidad de su reflexión. No se los cosecha, sino que los deja aislados, se los cosifica, se los transforma en máquinas atadas a las agujas del reloj[4] convirtiéndose en esclavos de éste último. No se los protege, por el contrario, crecen sobre una tierra que no es fértil, que no está bien labrada, sin tutores. A propósito no se los motiva para que progresen, sino que se los incentiva a la falta de estudio, como es el caso de Laura Meradi, escritora  de “Alta Rotación”[5], libro en donde se muestra cómo es conveniente para los empresarios que sus empleados no estudien así disponen de mayor tiempo.

De esta manera es que, sentada en aquel bosque, mirando fijamente esa flor, no encuentro ningún camino para llegar a ella. La misma sociedad de consumo ha hecho trizas tanto las raíces como las expectativas. ¿Habrá sido demasiada agua caída? ¿Ha sido demasiado sol? ¿Habrá sido producto de su debilidad como especie o por su falta de compañerismo y soledad? Las causas pueden ser una o muchas pero el futuro es uno.

El joven adolescente que, en busca de un trabajo digno, pretende florecer en todas sus dimensiones, finalmente se encuentra con tal desastrosas condiciones de existencia y vivencia que “su razón emancipatoria deviene en una razón instrumental, un pensamiento ciegamente pragmatizado”[6] que anula la imaginación teórica y se acota simplemente a resolver un problema de acuerdo a las indicaciones de la máquina y del poder; que cuenta con un ámbito de trabajo tan inestable que le es imposible imponerse y superarse, cayendo en un regresión de la cual todos somos parte pero que se mantiene bajo el velo del sentido común. Esta sociedad que hace ver a todo empleo precario como natural, similar a aquella flor marchita en el medio del bosque, nos hace pensar que no hay posibilidad de escapar a esta contemporaneidad, que “ningún camino de flores conduce a la gloria”, sin embargo, yo con mi esperanza juvenil deseo citar a Pablo Neruda y repetir al unísono “Podrán cortar todas las flores pero no podrán detener la Primavera”.


[1] DE LA FONTAINE, Jean

[2] Proverbio hindú

[3] KENNEDY, Robert

[4] ADORNO, Theodor y HORKHEIMER ,Max, Dialéctica del Iluminismo

[5] MERADI, Laura, Alta Rotación, Buenos Aires, 2009, Tusquets Editores

[6] ADORNO, Theodor y HORKHEIMER ,Max, Dialéctica del Iluminismo

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