El gato negro

Cuento de Fabián Saladino

Silbido común. ¡Llamando al explorador del paisaje unísono! La ex pradera asfaltada es ahora testigo de sus pezuñas. La inundación de mañana lo esperó contemplativamente la semana pasada. Y él, una vez más, intentando averiguar qué es lo que pasaba.

Así es. Le gusta estar al sol, aunque nunca abandona la captación de todos los colores posibles.

Esta vez todo parecía ser distinto, aunque sin distinciones individuales del todo para destacar. Silvestre mira el cielo aunque nada de él le pertenezca. El oxígeno circundante en el ambiente parece reclamarle una devolución y se la escupe impulsivamente. El envase en su pata delantera izquierda lo amenaza con hacerle caso a Newton y lo sujeta más fuerte, dándole cariñosamente unos besos al pico para ignorar un poco mejor.

El carro de las flores que nunca nacen lo acompaña una vez más, y la bestia de metal vuelve a abrirle las corredizas servicialmente. Para él era el acto más gentil que podía existir.

Ese día iba a ser menos oscuro, según sus ojos. Una Rata Gigante lo miró atentamente durante todo el viaje y estudió todos sus movimientos y quietudes. Silvestre esperaba alguna palabra que estorbe el silencio, y la botella también. Y así fue. El mensaje lo recibió con suma admiración y tomó prestado el tridente. Mientras, el Pájaro sonríe en la oscuridad.

Silvestre baja del tren en la estación de ayer y mañana. La Rata Gigante seguiría su paso hasta llegar a la última estación y jamás volverían a cruzarse.
Se dirigió, casi desposeído, a deshacerse de las flores mentirosas al mismísimo jardín. Esta vez nada detendría su paso. Con el tridente y su magia rejuvenecida sedujo a la inseductible Felicidad y se abrió a sí mismo un nuevo sendero en su vida.

Silvestre tiene sesenta y cuatro años. Está casado con Felicidad, su amada esposa, desde los treinta y siete. Tienen siete hijos y viven en pleno Centro de la Ciudad de Buenos Aires. Sonrisa afilada y orejas atentas (hay cosas que nunca cambian): recibió el llamado que le prometieron. Finalmente, se le dio el ascenso político que había estado arañando en las ocho vidas anteriores. Llegar al poder no era un asunto para menospreciar, desde luego. Y que el señor Presidente de la Nación personalmente se encargue de dirigirle la palabra por vía telefónica para brindarle ciertas recomendaciones del oficio tampoco era un asunto de todos los días (aunque lo empezaría a ser, desde entonces, supuestamente).

Hermosa quinta. Muy buena elección, según papá Silvestre, de uno de sus siete hijos. A Mala Suerte le había sido encomendado por parte de su padre elegir una linda casita de fin de semana para la familia entera. Parque Leloir, en la zona oeste del Gran Buenos Aires, fue el lugar propicio según el primogénito de Silvestre y Felicidad. Mala Suerte había estado husmeando distintas localidades y tuvo algunas dudas, pero la aprobación y posterior compra de la propiedad por parte de sus padres le hizo sentir que desafiaba a su propia identidad.

Tanto Maullido como Oscuro, otros dos de los hijos del matrimonio de Silvestre, siempre tuvieron ciertos celos por el encubierto favoritismo aparente de sus padres respecto al hijo mayor. Esto siempre fue motivo de peleas infantiles que, al pasar el tiempo, iban apaciguándose sobre la base del secreto en el pensamiento. Ya no lo expresarían directamente, ni siquiera entre ellos, como un rencor consciente. Sería más bien un impulso inconsciente que seguiría latente siempre. Y, obviamente, el asunto de la casa quinta no iba a ser menos indicador de ese supuesto desliz por el primogénito.

Tampoco valía la pena atarse a circunstancias puntuales como esa, pues Silvestre era un buen padre. O, al menos, eso intentaba ser a base de la utilización incipiente de su billetera para cumplir con la sonrisa de sus descendientes.

Por su parte, las gemelas Astucia y Traición engendraban en sus miradas ese tinte mágico de Silvestre. Eran un espejo de él, en ciertas actitudes. Ellas eran muy oportunas, en todo momento. Siempre que papá Silvestre necesitaba algo o estaba por pensar en realizar un acto u otro, ellas eran sus pupilas: veían todo antes de que él lo razone. La vida de ellas era como un mundo aparte en la familia. Pero no por estar apartadas, sino porque con sus formas de ser traducían toda actitud del matrimonio y de los hijos. Eran un símbolo perfecto de todos, unidos y por separado.

Otro de los hijos de Silvestre y Felicidad, Tenebroso, mostraba una actitud más bien un poco distante y contradictoria. Resultaba ser, quizá, un calco de otras vidas de Silvestre: ese que dudaba de todo y de todos, que no comprendía al paisaje ni a los ojos que lo observaban. Era, más bien, el hijo más impredecible de todos. Sorpresivo como pocos, siempre dejaba algo sin dar a conocer. Eso, tal vez, era lo que más le gustaba a Silvestre de él y trataba, inclusive, de tomarlo como ejemplo para su vida política. Es sabido que toda frase de un político debe tener cierto alcance, pero también debe dejar una dosis oculta en su existir, para poder excusarse en futuras decepciones a la plebe que votó pensando que el discurso era cierto. La dialéctica en la vida de Tenebroso jugaba un papel instrumentista en la del propio Silvestre, entonces.

Finalmente, la séptima hija del matrimonio de Silvestre con Felicidad era Pureza. De seguro que esta chica, la menor de todas, era la menos querida de la familia. Así es: a pesar de ser la más chica, cuestión que generalmente hace imaginar que es la más protegida, sobre todo por ser mujer, era la más ignorada y menos reconocida de todas. Hermosa y pura como pocas, Pureza mostraba en sus miradas y movimientos actitudes impropias de su familia. Era una chica muy solidaria y atenta, que en su afán de provocar sonrisas a su alrededor inclusive poco le interesaba ser la menos reconocida. Todo acto que ella realizase provenía de su corazón y no esperaba cosas a cambio, asunto que generaba recelo a su alrededor. Es que no podían entender que un ser muestre tanta inocencia ante cualquier adversidad. Parecía irónico que de ese matrimonio, de esos hermanos y de ese entorno con aspiraciones exitistas de vida haya nacido semejante contradicción y, para colmo, no le importe ser lo que es: tan distinta a lo que se parece.

-“Y bien, el señor Presidente tiene razón en todo lo que te dijo”, acota Felicidad. Silvestre asiente con la cabeza afirmativamente, como un niño en plena educación escolar. Sigue atontado por el llamado. Parece ser que de la ansiedad necesite tomar nota de todo lo que le han recomendado, pero sólo se miró al espejo y contempló su apariencia de ayer. Maullido y Oscuro lanzaron burlas en perjuicio de Mala Suerte, quien no propugnaba ese futuro con sus palabras. Anteriormente había dicho durante alguna cena familiar: “no deberíamos crear falsas expectativas si todavía papá no es senador y nos encontramos en plena campaña”. Astucia y Traición, en ese entonces, lo apoyaron en sus palabras, pero la rapidez mental que las distingue del resto fue suficiente para que cuando Maullido y Oscuro hicieran hincapié en el asunto quedaran, como siempre, bien paradas. Nada alteraría a Felicidad, igualmente.

Pasaron días, semanas, meses. La novena vida va tomando ausencia de color, como el pelaje. Las cuentas bancarias, a fuerza de trabajos sucios, repletas.
El fin justifica los medios, según Traición y Astucia. Felicidad, de a poco, comenzó a dejar de ser la misma de hace unos años. Es que Silvestre tenía actitudes bastante raras, siniestras. Las pupilas de él ya no eran aquéllas que todo parecían iluminarlo en su vida. La vida de político famoso lo había cambiado y había comenzado a estar menos atento para con su amada esposa. Sus hijos, ya todos mayores de edad, de a poco iban cada uno haciendo su vida y poco podían hacer para intentar lidiar con todo eso. Pureza era, en varias ocasiones, la única que prestaba oídos a su madre y la reanimaba.

Felicidad no estaba segura de qué era lo que le sucedía a Silvestre, y decidió seguirlo en reiteradas ocasiones en el camino que emprendía hacia el horizonte, a fin de continuar sacando ciertas conclusiones derivadas de sus actitudes. Quizá esta haya sido la decisión más lamentable para la vida de Silvestre: Felicidad lo vio encontrarse con otra mujer, una noche en un bar.

Felicidad no era de esas mujeres que no sepa reconocer cualquier tipo de debilidad humana que lleve a cometer a alguien errores de esa índole. Pero, teniendo en cuenta las últimas actitudes de Silvestre, y lo distante que se encontraban de la familia los hijos, excepto Pureza, no necesitó saber más nada para escandalizar la situación y, decididamente, marcharse de su casa. Así fue. Ni siquiera quiso dirigirle la palabra a su esposo, ni a sus otros hijos. Tal vez fue una actitud muy dura (y poco madura) de su parte, pero fue lo que su corazón le dictó y así lo realizó. A plena luz del día armó los bolsos y, con Pureza a su lado, se marchó a casa de sus padres.
Tanto Astucia como Traición vivían hace un tiempo por su propia cuenta, y poco se cruzaban con su padre. Mala Suerte, el mimado, era el que más tiempo pasaba con Silvestre. Tanto Maullido como Oscuro eran impredecibles y de vez en cuando se dignaban a buscar a su ascendiente, quizá sólo buscando llenar algo sus bolsillos. Tenebroso era el más impredecible, como ayer y mañana. Silvestre se había enamorado de otra mujer: la misma que Felicidad vio con él en aquél bar. Se llamaba Lujosa y Placentera. Se la había presentado un colega de la Cámara de Senadores. Poco le hizo falta para que esa mujer se deje seducir por él en su momento, ya que cada día que pasaba Silvestre era más famoso, sobre todo por sus relaciones con ciertos personajes mafiosos de la Capital Federal. La billetera hizo su trabajo de hombre.

Ahuyentando la infelicidad, Felicidad pasaba hermosos ratos con Pureza y descubría día a día lo maravilloso que era tener una hija así, algo que quizá nunca había valorado lo suficiente. Pensaba que iba a ser muy difícil olvidar a Silvestre, sobre todo luego del mafioso fallo en la separación de bienes, en la que apenas le fue otorgada una porción de la quinta que tenían en Parque Leloir y uno de los tantos automóviles de la familia. Tanto Astucia como Traición gastaban a su antojo el dinero y manejaban la vida misma de su padre que, cuantos más años tenía, menos podía ver de la realidad. Lujosa y Placentera tenía muy buena relación con ellas, quizá mejor que la que tenían con Silvestre. Mala Suerte era el único de los hijos que prestaba incondicionalmente oídos a su padre, quien inconscientemente era cada vez más infeliz. Felicidad y Pureza, lejos de toda la suciedad, pasaban hermosos ratos en sus vidas.

Y surgió el plan, no tan elaborado. Silvestre tenía cada vez más dinero, y la vejez lo hacía cada vez más torpe. Astucia y Traición, con Maullido y Oscuro estando de acuerdo, y con Lujosa y Placentera como guía de operaciones y un dubitativo Tenebroso, lo estafaron. Le hacían apostar dinero en compañías inexistentes, depositando los fondos en sus propias cuentas. Silvestre, sin razón ni visión, nublado por la infelicidad interna que no quería reconocer, cedía ante cada pedido de sus hijos y nueva esposa. Mala Suerte, tan ingenuo como su padre, creía todo el circo.
Y ahí estaba, en el vagón de ayer, cargando las flores mentirosas del nuevo presente. Las corredizas se abren de nuevo, en acto gentil. Quizá debiera haber llorado de emoción, ya que hacía tiempo que no eran tan servicial para con él. Mala Suerte lo ayudaba con el otro carro, y ambos se dirigían al jardín. El Pájaro sonríe a plena luz, y Silvestre la ve enfrente suyo: radiante como nunca. Acompañada de Pureza, Felicidad tenía la sonrisa más hermosa que jamás habían visto sus tercos ojos.
Y así, llegando a la última estación, sin Astucia ni Traición, sin Maullido ni Oscuro, sin Tenebroso ni Lujosa y Placentera, yacía agonizante Silvestre, ante la ingenuidad de Mala Suerte, la mirada distante de Felicidad y la compasión de Pureza que en sus últimos minutos de vida le tomó la mano y lo acarició hasta que dejó de respirar.

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