Historia de un objeto

Por Sofía Perini

Existen diversos objetos que están en nuestras vidas día a día. Diversas también son sus características y utilidades, éstas pueden convertirlos en objetos de suma ayuda en la vida cotidiana.

Existen diversos objetos que están en nuestras vidas día a día. Diversas también son sus características y utilidades, éstas pueden convertirlos en objetos de suma ayuda en la vida cotidiana. Por ejemplo, algunas personas encuentran indispensable al control remoto en sus vidas. Supongo que será porque les evita el tremendo esfuerzo físico que implica pararse hasta el televisor, ya sea a cambiar de canal, subir el volumen, prender, apagar, etc. Ni hablar del gran ahorro de tiempo que esto significa. En fin, sea cuales sean las razones, hay personas que no podrían vivir sin el control remoto de sus televisores. Yo, particularmente, no podría vivir sin mi cuchara. Sí, mi cuchara. Porque es mía y de nadie más. No es sólo mía porque yo sea egoísta y no quiera compartirla, sino que en realidad yo soy la única que la encuentra especial por sobre el resto de las cucharas de mi casa. Como todo objeto, mi cuchara tiene una historia, o algo parecido.

No recuerdo bien ni cómo ni cuándo llegó a mi vida, lo que sí recuerdo es que desde hace ya un largo tiempo está ahí, en el cajón de los cubiertos, el primero de la derecha si uno viene desde el living. A juzgar por el símbolo que lleva en un extremo, debe provenir de alguna línea aérea. Se ve que alguien en mi familia alguna vez viajó en avión y como recuerdo se quedó esta útil cuchara.

Como la investigación no es lo mío jamás me interioricé demasiado sobre sus orígenes. A mi me basta con saber que hoy forma parte de mi vida, y que todos los días está presente en mi desayuno y merienda. Pero, a decir verdad, no siempre fue así. Recuerdo que hace algunos años atrás en casa remodelaron la cocina. Entonces, uno a uno los muebles viejos fueron sustituidos por otros nuevos, el blanco de la pared pasó a ser amarillo, el horno a gas pasó a ser eléctrico, y así se sucedieron varios cambios. Pero el que más me afectó a mi fue la desaparición de mi cuchara. Entre tanto ajetreo, idas y venidas de muebles, mi cuchara había desaparecido. Nadie en mi casa entendía la gravedad de la situación, ¿con qué iba yo a revolver ahora mi chocolatada? Las otras cucharas no lo hacían de igual modo. Pasaron unas cuantas semanas, hasta que, finalmente nuestra historia (la mía y la de mi cuchara) tuvo su merecido final feliz: la encontré detrás de la heladera. Desde entonces cuido que no se vuelva a desaparecer, porque sin ella, mi chocolatada no es la misma.

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