Al infierno sin escalas

Cuento de Fabián Saladino

Parte I – El contacto con la Luz
Prácticamente de la nada puede surgir lo atragantado, enganchándose en alguna elipse fabricada por un cielo estrellado. Tiberio sabe que tarde o temprano va a despertar, siempre y cuando se decida a dejar este día atrás y dormirse de una buena vez. Cuando sus ojos abandonan el insomnio, casi como un parpadeo esclarecedor, seis horas pasan en un segundo y lo transportan al nuevo día.
Se ve por ahí, en tímida elevación, naciendo, al caluroso astro –ese que los egipcios llamaron Ra–. Esos rayos iniciales no pueden concebirse sin un cántico de ave: ambas cosas son algo inseparable en los cuchicheos de soñador que azotan a Tiberio. Él se queda observando esas subidas iniciales tan perfectas borrando toda inquietud, fabricando imaginaciones y porvenires, diagnosticando qué se viene en este nuevo día.
No puede evitar pensar ni tampoco dejar de documentar el fenómeno con sus ojos. Siente que tiene que contarlo, adjetivarlo, entenderlo hoy más que nunca; incluso hablarle:
-“Porción de luz, ¿serás más certera que ayer en este día?” –y se responde murmurando: “desde luego que sí…”, casi como una respuesta obvia e inapelable.
Unos minutos después, cuando ya su cuerpo comprende lo que es este nuevo día, su hermano irrumpe en su habitación:
-“Sería bueno que agradecieras a Dios Padre por este nuevo día” –le dice, casi exigiéndole.
Tiberio lo mira como quien añora un buen mate como para evitar balbuceos innecesarios.
-“Me estoy yendo, que Dios te bendiga en este día y que te envuelva con su bondad” –le agrega, mientras Tiberio busca a dónde hay un nuevo paquete de yerba y con su otra mano lo saluda.
El mate le permite concentrarse en otro cántico perfecto y así su cuerpo se amolda al día de una manera muy armónica. Ya no soporta más todo este asunto de vivir con su hermano, de que se interrumpan sus vuelos certeros e imaginaciones propensas a propagarse por todo su cuerpo con esas alabanzas para viejas. Hace un tiempo que lo viene pensando pero ya no le interesa analizarlo más: está decidido. Nada puede ya servir de excusa para detener el rumbo de lo inevitable. Tener un hermano gemelo tiene sus ventajas, y Tiberio lo sabe…

Parte II – Casi almas gemelas
Tiberio camina por el barrio y ya no se detiene un segundo a pensar. Llega a la parroquia en la que su hermano da misa y entra. Sabe que su hermano ya debe estar en su casa porque en esa farmacia siempre atienden rápido, sobre todo si sólo se precisa aspirinas, y más aun si se es el Padre de todos. El tremendo resfrío que tiene lo va a dejar por lo menos un día más ahí merodeando la casa el día entero.

-“¿Qué tal Padre? ¿No era que hoy no venía?” –le pregunta un monaguillo a Tiberio, confundido.
La ropa le queda igual. Afeitado igual y con un rostro propio de Padre, dice, con ánimo de puro esplendor:
-“Gracias a Dios Padre hoy amanecí pleno, así que daré la misa. Cancele a mi suplente.” –Tiberio le dice, convencido, sin ningún tipo de titubeo.
El monaguillo, bastante extrañado, va avisar al suplente por teléfono que no se prepare, pues al final el Padre se dispone a dar la misa.

Parte III – Todos hermanos y sin mentiras de por medio
-“Que la paz del Señor esté con ustedes” –ora Tiberio.
-“¡Y con tu espíritu!” –responde el público.
-“¡Levantemos el corazón! No, mejor dejemos de levantarlo.” –esboza ante un público que queda perplejo.
-“Vamos a decir las cosas de una buena vez como son. Ustedes me conocen hace rato, soy el Padre de esta parroquia hace años y esto llegó a un punto límite. Hermanos, Dios Padre es un impostor.”
-“¡Ooooh!” –se escucha como generalizado asombro entre el público.
-“¿Qué está diciendo, Padre?” Interrumpe uno de los monaguillos.
-“Eso que oyeron. Dios Padre, en el más sensato de los casos, no existe. Y si existe se está riendo de nosotros. ¿Por qué pedirle cosas si Él es Todopoderoso y ya sabe lo que necesitamos? ¡Nos toma el pelo! ¡Incluso sabía que esta misa iba a ser así, y sabe cuáles serán sus reacciones ahora!” –dice Tiberio, alzando la voz cada vez más. Sus cuerdas vocales emiten un sonido que hace eco, y parecen suspenderse sus palabras por entre los aires del lugar.
-“Padre, ¿está usted bien?” –le pregunta el monaguillo, mientras un par de personas se retiran de la parroquia indignados.
-“¿Ustedes creen en ustedes? ¿No ven que creer en Dios es renunciar a ustedes mismos? ¿Le desean lo mejor al prójimo? ¿Entonces por qué se habla del Infierno en ese libro tan mentiroso llamado Biblia, para castigar al prójimo que no se arrepienta? ¿Es una excepción? Es todo mentira gente… Dios no existe. Es un invento de más allá para negar su cuerpo, su aquí y ahora, su disfrute del mundo tal cual son y darle el poder al sacerdote, a mí. Pero me harté de tener poder. Tienen ojos, úsenlos. Juzguen ustedes a Dios, y no al revés” –y ahora sí, Tiberio son sus palabras empieza a ejercer varias confusiones, sobre todo en la gente mayor que estaba esperando el saludo de la paz y comulgar, entre otras cosas.
Mientras Tiberio mira al monaguillo para ver qué quiere murmurarle, uno de los fieles se levanta tranquilo, se lleva el cáliz de plata y se va contento tomando el vino rumbo a la calle. Sucesivamente, una señora con un bastón agarra la propina dejada en las canastas y se va corriendo, sin importarle que se tropiece o no, pegando con el bastón a quien se interponga. Asimismo, un señor mayor se junta con tres señoras y los cuatro se van juntos, rodeándolo las señoras al señor, guiñándole el ojo.
Otros optan por aplaudir e incluso agradecer el discurso de Tiberio, que se siente al fin mucho mejor. ¿Se habrá liberado de un peso importante? Mientras, una hermosa morocha comienza a hablarle y él la invita a salir, no sin antes preguntar al monaguillo si le hace la segunda con la amiga pelirroja. Los cuatro, junto con toda la gente, se van cantando de la parroquia, todos contentos.

Parte IV – Paraíso en el más acá
Todos se olvidan de la culpa, del pecado, de la monogamia, de lo que antaño era el bien y el mal.
-“Lo que hace sentir bien es lo que está bien, acá, en este pueblo. No vengan por favor a pedir otro tipo de cosa mentirosa como que todos seamos iguales y nos amemos todos, porque sabemos que no es así” –declara Tiberio, en pleno asado de festejo, ante todos los integrantes de la misa que fueron a hacer una fiesta, provocando muchas risas y brindis.
-“¡Olé, olé, olé, oléee… Paadreee, Paadreee!” –lo aclaman todos.

Parte V – Basta de resfríos
Terminado el resfrío, contento por sentirse de vuelta bien, el Padre va rumbo a la parroquia a dar misa. El monaguillo le alcanza su vestimenta y arranca el ceremonial. Repentinamente, el Padre no entiende las reacciones de algunos del público, sobre todo de un señor que quiere llevarse el cáliz.
-“Esta es la sangre de Cristo. ¿Cómo se atreve a querer profanarla?” –le pregunta el Padre indignado.
-“¿Hoy vino más tranquilo, Padre Tiberio?” –el monaguillo le pregunta.
-“A mi hermano lo quiero mucho pero de Padre no tiene nada” –responde.
-“¿Su qué…? ¡Uuuh! ¿Otra vez empezó con eso…? ¿Hoy tomó la pastilla, Padre?”
El Padre Tiberio lo ignora y, casi desposeído, mirando al público se sumerge en el rezo:
-“Oremos”.

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One Comment to “Al infierno sin escalas”

  1. La parte 4 es evidentemente la fiesta de los espíritus libres!

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