Brujería

Cuento de Cynthia Restivo

Él tenía miedo de que Claudia, enceguecida por la furia que le produjo aquel engaño, fuera a una de esas brujas que te hacen maleficios y te arruinan la vida. Le había pasado a un amigo suyo, que cuando se fue de la casa después de una separación terrible, se había olvidado un par de cosas que su esposa había usado para tirarle alguna maldición encima. Por eso, lo primero que hizo cuando decidió que la convivencia se tornaba insostenible, fue juntar todas sus pertenencias. Ella le propuso ponerlas en una caja y mandárselas a esa pensión de solteros donde se iba a instalar, pero él no aceptó. Sólo una vez que estuvo seguro de tener todo lo suyo con él, abandonó la casa.

La pensión era fría, sus ojos repasaron el cuarto y por momentos le recordaba a su habitación de adolescente, donde el desorden y el mal olor gobernaban. Fue entonces que se sintió derrotado, apabullado por la idea de que su vida había hecho un retroceso y que tendría que comenzar de vuelta, lo cual sería mucho más difícil que cuando tenía veinte, cabellera abundante, la esperanza de un futuro espléndido y ningún hijo –ni ex esposa–.

Claudia, por su parte, estaba desgarrada. No podía creer cómo Fernando se había dejado llevar por una calentura sin pensar en ella, en los chicos, en los planes, en lo ya vivido; en fin, en el amor de verdad. Estaba segura de que él vendría a pedirle perdón una vez más pero ya sería tarde: la invadía el dolor de pensar en algo que se había perdido. La reflexión no le impedía seguir acomodando la habitación: su obsesión por el orden permanecía intacta. Pero se detuvo cuando vio el libro en el fondo del placar, olvidado. Se dedicó un largo rato a curiosearlo. Pasaba las hojas lentamente. Salvo por algunas páginas que se le habían soltado, estaba en buen estado, todavía no tenía ese olor a viejo que se les impregna a los libros con el tiempo; es más, tenía olor a él. La tapa, aparte del título, tenía una de las frases emblema del relato y una imagen bastante metafórica. En la contratapa la biografía de Orwell. “1984” le hizo recordar a ese joven lleno de ideales, conocedor, cuasi intelectual que había sabido conquistarla. Leyó la dedicatoria de la primera página “Que sirva de recuerdo del primer, de los millones de viajes que haremos juntos. Te amo, Clau.” Montevideo, 1990. La tinta se corrió con las lágrimas y el mensaje se hizo ilegible por partes.

Pegó un salto en la cama. El terror y el dolor de columna que le producía el colchón durísimo interrumpieron su sueño. Sabía que se había olvidado algo. Algo insignificante, que no podía recordar qué era, pero que seguramente bastaba para que una bruja lo maldijera. Paranoico, revisó las cajas de la mudanza. Creía tener todo, pero no. En un instante de lucidez, recordó aquella tarde soleada en que Claudia le regaló “1984” y un escalofrío le recorrió la espalda. La semana siguiente la perdió pensando alguna excusa válida para ir a buscarlo. Lo desesperaba pensar que ella lo tenía, que en sus hojas estaban sus huellas digitales impregnadas, que hasta incluso podría tener algún señalador u hoja de árbol, cualquier cosa física que haya pasado por él y que sea la llave para una gran mala racha. No podía dejar de sentirse acosado por la idea de una turbia venganza. Hasta que una tarde ella golpeó la puerta.

“Te olvidaste esto” dijo y le mostró una bolsa, que junto al libro tenía: un cinturón, un escudo de River y dos cd’s de música. El se rió, por no llorar y sin pronunciar palabra tomó la bolsa y cerró la puerta.

Claudia podía entender que no haya dicho nada sobre su nuevo corte de pelo, que no le haya preguntado sobre su madre, que no se haya acordado de que esa semana había un acto en el colegio de Juani, porque al fin y al cabo, eso podría haber pasado incluso estando casados. Pero jamás se explicaría su desatención, lo desmejorado que estaba físicamente, la expresión de miedo que puso cuando la vio. Sintió que lo que había visto era un fantasma, no Fernando. O él, pero pensando en otra cosa, compenetrado en algo que evidentemente estaba detrás de la puerta. Se sintió una tonta por creer que esa era una buena oportunidad para reconciliarse, cuando él ni siquiera demostró interés por cruzar palabra con ella. Se enfureció y se odió a si misma por haber ido hasta allá. Nunca se hubiera imaginado que Fernando, en la penumbra de la habitación revisaba sus cosas buscando algún rastro de brujería.

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