Cosificación y pérdida de identidad en la Guerra del Golfo

Monografía de Matías Manoukian

“Anatomía de la destructividad humana”.

Autor: Adolfo Vásquez Rocca

En esta monografía hecha para la materia Teorías y Prácticas de la Comunicación Uno, se hace un análisis del cuerpo humano y su papel en la denominada Primera Guerra del Golfo, basandose en aportes teóricos de Herbert Marcuse.

MARCO TEÓRICO

A lo largo del siglo XX se ha dado un debate muy extenso y complejo en relación con el Cuerpo humano: su historia, su papel, su control, la promesa incumplida de su liberación, entre otros. No es casual. Si hay algo por lo que podemos caracterizar esta época es por la clara manifestación de la contradicción en la que cayó la modernidad. “Casi todas las principales tendencias dinámicas de la modernidad fueron contrarias al Cuerpo: infravaloraron y sometieron lo corpóreo al mismo tiempo que procuraban reglamentarlo y sustituirlo.” [1]

Podemos observar esta tendencia claramente en el ámbito bélico. Es por eso que hemos decidido enmarcar el siguiente análisis del cuerpo humano y su papel en las guerras modernas a partir de la denominada Primera Guerra del Golfo Pérsico (1990-1991). El motivo que nos lleva a elegir este conflicto es el singular papel que cumplieron los medios masivos de comunicación, fundamentalmente la televisión, la cual transmitió una información rigurosamente recortada con el fin de instaurar una visión particular del conflicto en la opinión pública occidental. Siguiendo la lógica del filósofo alemán Herbert Marcuse –a quien tomaremos como referente para realizar el análisis- distinguimos el rol de los medios en la movilización total del individuo, así como el empeño por situar a los individuos en una abstracta comunidad externa. Ambos conceptos serán desarrollados en el cuerpo del trabajo.

Por otra parte, el florecimiento de la tecnología bélica y su utilización en la contienda  nos permite retomar la idea de la filósofa Agnes Heller, quien señala la introducción de armamentos sofisticados en las batallas como una característica propia de la modernidad que trae grandes repercusiones en el ámbito corporal de los soldados.

Hemos tomado como punto de partida para el análisis una de las obras pictóricas del artista español Adolfo Vázquez  Rocca[2], la misma tiene por nombre “Anatomía de la destructividad humana”. En la imagen podemos observar cinco individuos, cuyos cuerpos están dispuestos de manera idéntica. A su vez, todos presentan la misma vestimenta. Sus rostros no se diferencian unos de otros y  carecen de expresión. La imagen no da la sensación de estar observando seres humanos, sino más bien sombras, sin gestos, sin particularidades. Se ven como objetos, como cosas y no como cuerpos diferenciados con identidad propia.

A partir de esta imagen y del tema presentado hasta aquí, se dispara la siguiente cuestión a disipar: ¿de qué manera se da la movilización de los individuos por parte de los Estados en la modernidad, y, en particular, cómo se explica la misma en relación con el papel de los medios informativos en el conflicto del Golfo Pérsico? A su vez, ¿cómo se manifiesta en la guerra moderna la cosificación del cuerpo que denuncia Marcuse y qué consecuencias trae aparejada la utilización de la tecnología bélica? Por último, ¿de qué forma se da esa “destructividad” de la identidad y del cuerpo que nos cuenta el artista a través de su lienzo?.


BREVE INTRODUCCIÓN AL CONFLICTO

Cabe realizar algunas aclaraciones acerca de la Primera Guerra del Golfo. En primer lugar debemos aclarar que ésta fue una batalla librada entre Irak y una coalición de países[3] liderada por los Estados Unidos, que se dio entre agosto de 1990 y febrero de 1991. El detonante fue la orden del líder iraquí Saddam Hussein de invadir el emirato de Kuwait y anexarlo a su país. ¿Las razones? Varias: Por un lado, Irak  desde siempre reivindicó la incorporación de Kuwait alegando razones históricas y denunciando la ilegitimidad y artificialidad de la independencia –organizada por Inglaterra- de ese emirato en 1961, pero no fue esa la única razón.  Entre 1980 y 1988, Irak mantuvo una guerra con su país vecino, Irán, de la cual salió en una crítica situación económica debido a la deuda externa contraída. En suma, Kuwait y Arabia Saudita decidieron explotar aún más sus reservas petrolíferas –que equivalen al 60% de las reservas mundiales- disminuyendo el precio del petróleo, lo que provocaba un serio problema para Irak ya que ese es su principal sostén económico. Esto fue entendido por el gobierno de Bagdad como una agresión económica, por lo que decidió ocupar el emirato de Kuwait. A su vez, la ocupación del emirato y la apropiación de sus pozos petroleros significaba a Irak una salida de sus problemas económicos.

Por otro lado, E.E.U.U. y sus aliados no demoraron en bloquear por mar y tierra el país. A partir del 16 de enero, vencido el plazo otorgado a Hussein para que se retire de Kuwait, la Coalición de las Naciones Unidas desplegó sus fuerzas terrestres, navales y aéreas para llevar a cabo la ofensiva que se denominó “Operación Tormenta del Desierto”. Ésta consistió en 42 días de sistemáticos bombardeos contra objetivos iraquíes (aunque no siempre se acertó y se conocieron tardíamente casos de muertes civiles debido a la destrucción  de escuelas y mezquitas por error) mientras que por tierra los ejércitos avanzaban con la fuerza de sus tanques desde las bases situadas en Arabia Saudita hacia el este, hasta que finalmente el 27 de febrero de 1991, el gobierno de Irak, con las tropas de la Coalición asediando su Capital, comunicó su rendición y aceptó sin condiciones la resolución de la O.N.U. El saldo de víctimas que dejó la Guerra es muy llamativo por su disparidad: 30.000 muertos del lado iraquí y 378 de lado de Estados Unidos y sus aliados.

Debemos subrayar que el interés de Washington en esta batalla iba mucho más allá de la mera liberación de Kuwait –que por cierto estaba gobernada por una monarquía. El verdadero motivo consistía en la “petro-dependencia” de Estados Unidos y su necesidad de controlar la zona que reúne las mayores reservas del recurso del mundo. Este hecho queda a la vista debido a que “aunque Saddam Hussein ofreció en varias ocasiones que la retirada de Kuwait fuese unida a la solución del problema palestino y a la evacuación por parte de Israel de los territorios ocupados, el presidente estadounidense George Bush rechazó esta vía diplomática para imponer una solución militar, dejando al descubierto que el problema de fondo no residía en el deseo de que Kuwait recobrase la independencia, sino en el hecho más simple de que el petróleo de Oriente Próximo estuviese siempre controlado por regímenes fieles a los intereses norteamericanos”[4]

Dado el panorama de la situación podemos pasar ahora sí al análisis concreto del trabajo.

LA ABSTRACTA COMUNIDAD EXTERNA Y LA MOVILIZACIÓN DEL INDIVIDUO

Si hay algo que se tiene en claro desde comienzos del siglo XX es que para llevar a cabo sus objetivos, cada Estado necesita de la “movilización total del individuo”; y la experiencia de las grandes guerras del siglo XX da cuenta de ello. Basta mencionar que el descontento de la mayor parte de la población norteamericana hacia la Guerra de Vietnam provocó el retiro de E.E. U.U. del país.  ¿Pero de qué se trata esta movilización? En palabras de Marcuse, consiste en la “transformación de toda existencia al servicio de los intereses económicos más fuertes”[5], es decir, que todos los individuos –o la gran mayoría- trabajen, vivan, en función de los objetivos de una elite social. ¿Y de qué manera se induce a una población a cumplir dicho rol? ¿A través de la coerción física? Puede ser, de hecho fue empleada en muchos casos, (siguiendo el ejemplo de Vietnam, podemos recordar las represiones de las manifestaciones pacifistas en contra de la guerra), pero un dominio que se dé solamente por la fuerza no logrará mantenerse por demasiado tiempo. Como sabemos, es necesario para ello que exista cierto consenso, el cual es posible si se logra instalar en la población la idea de que la meta de unos es la meta de todos, o más bien que existe un objetivo colectivo, el objetivo nacional.

Y la manera en que se logra eso, es a través de un proceso particular, lo que Marcuse denomina “abstracta comunidad externa”. Si bien el autor considera este   proceso de tal modo  que “el individuo es  situado  en  una  categoría  falsa”[6], identificándose y diferenciándose de los demás individuos por su raza, su sangre o el pueblo al que pertenece, podríamos agregar que el Estado norteamericano introdujo una nueva variante: el miedo. La paranoia ya había sido utilizada como estrategia de movilización durante el desarrollo de la Guerra Fría, en la cual el miedo rojo jugó un papel fundamental, pero para 1990 el conflicto ideológico había acabado, y el capitalismo, vencedor, no tenía ningún “enemigo” que justificara sus acciones militares. Sin embargo, para demostrar la “necesidad” de su intervención en Medio Oriente acuñó una nueva figura que representaba una amenaza al orden democrático-capitalista, y esta fue el radicalismo/terrorismo islámico.

Para realizar la labor, el Gobierno de E.E. U.U. se valió los medios de comunicación, de esta manera quedó evidenciado el pilar fundamental del sistema que encarnan los mismos. De la mano de la CNN, el cuarto poder “instaló en la opinión pública la cuestión árabe e islámica como el nuevo peligro que amenazaba a Occidente […]. El siguiente paso fue otorgar el liderazgo de esa amenaza a Saddam Hussein […]. El tercer momento fue propiciado por los mismos iraquíes, que al invadir Kuwait “legitimaron” de alguna manera las construcciones anteriores”[7].

 Volviendo a Marcuse entonces, podemos decir que, en la abstracta comunidad externa, la identidad individual pasa a ser colectiva, y que dicha identidad está dada tanto por la idea de pertenencia a la propia comunidad como por oposición a las comunidades diferentes. Es decir, un occidental lo es tanto porque se identifica con la democracia liberal occidental, como por oposición al sistema dictatorial oriental. Esta categoría además es abstracta según el pensador debido a que dicha diferenciación no existe realmente, sino que es la estrategia a la que los Estados acuden para movilizar a las personas. De esta forma logran que la población internalice una serie de valores colectivos, los cuales si bien son funcionales a los intereses de un pequeño grupo social, al ser compartidos por el grueso de la comunidad, se transforman en los intereses de la comunidad entera; y se genera la sensación de que la subsistencia de la misma está ligada al mantenimiento del orden establecido. Es ejemplo de este proceso la idea que se esbozó –y se sigue esbozando a veces- de patriotismo, o la construcción ficticia de “interés nacional”.

Por otra parte, y en relación con esta última idea, debemos distinguir una cuestión más: los discursos políticos  “se dirigen siempre al alma. Van al corazón, aún cuando se refieran al poder”[8]. El hecho de que los discursos apelen a toda clase de sentimientos y emociones idealizados tiene que ver con el ocultamiento de los verdaderos motivos –económicos- que mueven a los gobiernos. En el caso de la Guerra del Golfo Pérsico podemos observar que los discursos de los líderes políticos así como los de los periodistas de los medios masivos de comunicación apelaron a la sensación de miedo de la población, inflando el poder bélico real que poseía Saddam Hussein y el peligro que significaba para Occidente. A su vez, con el comienzo de la guerra, se utilizó como argumento la defensa de la soberanía de Kuwait aún cuando “el problema de fondo no residía en el deseo de que Kuwait recobrase la independencia, sino en el hecho más simple de que el petróleo de Oriente Próximo estuviese siempre controlado por regímenes fieles a los intereses norteamericanos.”[9]

Lo visto hasta aquí nos permite detectar cómo partiendo de la preparación ideológica de los individuos, se logró que apoyaran un interés que los superaba, pero que asimilaban como propio. Asimismo, y en función del cumplimiento de estos objetivos, los Estados modernos apelaron al ámbito del alma -a ese plano abstracto del individuo que encierra la idea de la resignación, de la no-modificación de las condiciones de existencia- para persuadir a las personas. Y es que “el individuo con alma se somete más fácilmente, se inclina con más humildad ante el destino, obedece mejor a la autoridad”.[10]

A continuación analizaremos puntualmente la cuestión del cuerpo en el enfrentamiento bélico propiamente dicho.

EL VALOR INSTRUMENTAL DEL CUERPO DEL SOLDADO

La frontera real entre el Hombre y el instrumento se confunden. Puede observarse en el desarrollo de una guerra la interrelación particular que se da entre el armamento y la persona. El hombre es transformado en un mero instrumento para lograr un determinado fin y pierde su Humanidad. Ese individuo se transforma en un hombre cosificado, considerado únicamente por su capacidad de cumplir la misión asignada. En su trabajo “Antropología del cuerpo y modernidad”, David Le Breton se refiere a esta idea del individuo considerado como instrumento. Allí afirma que el cuerpo funciona como soporte del individuo, como frontera de su relación con el mundo y por otro lado; el cuerpo es disociado  del hombre al que le confiere su presencia a través de un modelo de máquina.

Haciendo una analogía con el modo de producción capitalista, donde los obreros se cosifican por razón de la venta de su fuerza de trabajo a los propietarios de los medios de producción; en la guerra, los soldados, ceden su fuerza de trabajo a los dueños de los “medios de destrucción”, generándose, ya no una relación productiva, sino más bien destructiva. No solamente destructiva para con el otro, sino que también destruye la identidad individual de la persona.

Por último, Heller enumera dos tendencias de la modernidad con respecto a la pérdida del valor propio del soldado, la primera de ellas se refiere al reclutamiento y el consecuente crecimiento cuantitativo de los ejércitos. La segunda tendencia consiste en la introducción de la tecnología bélica moderna como consecuencia del progreso de la ciencia y la industria manufacturera.

Con lo expuesto anteriormente, podemos marcar la desaparición de la particularidad del cuerpo del soldado como consecuencia del disciplinamiento del mismo en el ejército moderno, formando ahora parte de un “todo” destructivo en donde el guerrero pierde su individualidad, disolviéndose en la tropa, donde el cuerpo del hombre pasa a ser la máquina y se transforma en una autoparte, en un engranaje vital -pero no por eso irremplazable- del armamento.

SECUESTRO DE LAS IMÁGENES

La guerra es un fenómeno específicamente humano. El hecho de que la guerra haya mutado de manera tan radical a lo largo de los tiempos evidencia claramente que se trata de un producto cultural. La guerra del Golfo Pérsico  muestra un cambio en la naturaleza de las guerras modernas, por cuanto a sus protagonistas se suma uno: los medios de comunicación como un arma estratégica para posicionar el nuevo concepto de Guerra Limpia y lograr así que la población civil dé legitimidad a las acciones bélicas. “Se trató de la necesidad del Estado de contar con una complicidad mediática que dotara de credibilidad y legitimidad a la propaganda y a la desinformación”[11]. “Desde una perspectiva antropológica y una aproximación estético-política de la guerra, podemos sostener que la guerra moderna ha cambiado de modo radical con el hecho logístico —no menor— de no poder verle el rostro al enemigo, esto hace que ya no pueda hablarse de un Frente”[12].  En el frente ya no se hayan actores humanos sino monitores, cámaras (la imagen reemplaza a las palabras escritas, con su aplastante fuerza visual y mediática), ya no se ve el rostro del adversario ni el de las víctimas sólo mercados, edificios devastados y oficinas de monitoreo con evaluadores militares. Las guerras modernas son, pues, asépticas, son guerras donde no se ven las víctimas, donde no hay sangre ni quejidos de heridos. Tal como lo manifiesta Vásquez Rocca en su obra: se ven representadas personas sin rostro con cuerpos inmóviles, sin marcas. Desfigurados, con un rostro velado, verdaderas espectros. Figuras del anonimato desposeídas de identidad donde se pueden constatar las nuevas formas de soledad y aislamiento, así como también la pérdida de la subjetividad. Por tal motivo, en la pintura “Anatomía de la destructividad humana” el autor hace referencia a una fosa común para todos, sin distinción alguna, donde las almas y los cuerpos se confunden sin saber quién es quién.

Por primera vez en la historia de la humanidad le fue posible al hombre seguir desde su casa y a través de imágenes transmitidas simultáneamente a todos los confines de la tierra, los acontecimientos ocurridos en el Golfo. Se pudo visualizar la trayectoria de los misiles, se los vio hacer blanco contra los objetivos y los periodistas lograron narrar los sucesos desde el propio teatro de la guerra. Se percibió un conflicto híper-sofisticado, casi sin sangre, sin población civil víctima. Un modelo de guerra “humanitaria” desde la perspectiva de los aliados contra Irak.

Toda la información era coincidente, parecía emanada directamente desde el Pentágono a través del imperio creado por Ted Turner, la Cable News Network (CNN) y protagonizada por el periodista Peter Arnett. “Nadie osó insinuar siquiera que hubiera censura que ocultara la verdad de esta guerra. Sin embargo tiempo después se pudo comprobar que el horror de esta contienda no había sido inferior al de todas las guerras. Que las topadoras americanas avanzaban por el desierto para convertir en tumbas de miles de iraquíes vivos las trincheras cavadas en la arena donde estos estaban apostados, que los misiles teledirigidos no siempre daban en el blanco militar prefijado y que había caído en escuelas, hospitales y mezquitas, que había prisioneros torturados por ambos bandos y cientos de ejecuciones sumarias”[13]. Notables periodistas europeos, algunos como corresponsales de guerra, sufrieron tal abatimiento y frustración por esta manipulación, que llegaron a abandonar sus puestos de trabajo. Es que la censura había sido tal que hasta el Papa Juan Pablo II había sido silenciado.

La CNN informó al mundo entero el preciso instante en que la “Operación Tormenta del Desierto” daba comienzo. Luego vino el despliegue de imágenes, cuidadosamente seleccionadas, que mostraban como los Estados Unidos destruían, prolijamente, los objetivos militares del enemigo. “Las imágenes reemplazaban a las palabras escritas, con su aplastante fuerza visual”[14]. Durante la guerra del Golfo, hemos sido testigos de un fenómeno estético-político de gran alcance, una operación político gubernamental de blanqueamiento de imagen, de manipulación de imágenes o —si se quiere— de su secuestro,  perpetrado por países como Estados Unidos, que bajo alianza estratégica con bancos de datos como los de Microsoft, no dejan circular ciertas fotografías y registros visuales que comprometen su imagen en el concierto internacional: imágenes tales como la intervención militar en Irak.  Probablemente por ello, por este secuestro de las imágenes y a diferencia de Vietnam —donde el rol jugado por los corresponsales de guerra fue decisivo para sensibilizar a la población civil— la cobertura extensiva de la guerra en Irak mantuvo el nivel de conformidad pública en los Estados Unidos, a pesar de la vociferante oposición masiva. Durante la invasión de Irak, se produjeron más imágenes -ya fueran televisivas o fotográficas— que en cualquier otro período comparable de la historia, sin embargo aquí ha tenido lugar un secuestro de las imágenes. Esto obedecería a la convicción de los gobiernos acerca del poder de las imágenes, tesis refrendada históricamente por el caso de Vietnam, donde las imágenes detuvieron una guerra, jugando allí un rol preponderante los corresponsales de guerra que lograron sensibilizar a gran parte de la población civil. A esto se le teme, por ello  no se deja a las imágenes circular y más bien se les secuestra. “A esta lógica,  aprendida tras la lección que dejó Vietnam, corresponde el así denominado “efecto CNN”, donde por medio de una gran operación mediática de maquillaje se presento una —aparente— guerra aséptica e indolora”[15].

La Guerra del Golfo, con sus mentiras y falsa creencia de que podía transmitirse una guerra «limpia» e indolora, sin sufrimiento y en directo, inauguró una nueva época en cuanto al tratamiento de los conflictos por parte de los medios de comunicación. Desde entonces se habla del llamado “efecto CNN”, para describir la existencia de un tremendo poder de influencia de la televisión para desencadenar respuestas políticas ante determinados escenarios conflictivos, en los que el sufrimiento de las personas es retransmitido en directo.


[1] Heller, A. Biopolítica: la modernidad y la liberación del cuerpo. Barcelona: Península, 1995.

[2] Doctor en filosofía por la pontificia universidad católica de Valparaíso. Artista plástico con postrados. Profesor de antropología y estética en el departamento de artes y humanidades de la Universidad Andrés Bello (UNAB). Artista postmoderno. Sus obras están cruzadas por una visión apocalíptica del futuro, y en ellas trata el tema de la clonación y la cosificación del ser humano.

[3] Argentina, Arabia Saudita, Australia, Bangladesh, Bélgica, Canadá, Checoslovaquia, Corea del Sur, Dinamarca, Egipto, Emiratos Árabes Unidos, España, Estados Unidos, Francia, Grecia, Hungría, Reino Unido, Italia, Kuwait, Marruecos, Países Bajos, Nueva Zelanda, Nigeria, Noruega, Omán, Pakistán, Polonia, Portugal, Qatar, Senegal y Siria.

[4]Hermida Revillas, C. Prensa alternativa en la Guerra del Golfo Pérsico. Diario por la Paz.    N° 3. 1998.

[5] Marcuse, H. Cultura y Sociedad. Madrid: Alianza, 1973.

[6] Marcuse, H. Op. Cit.

[7] Duhalde, E. Introducción al derecho a la información. Bs. As.: Eudeba, 2003.

[8] Marcuse, H. Op. Cit.

[9] Hermida Revillas, C. Op. Cit.

[10] Marcuse, H. Op. Cit.

[11] Duhalde, E. Op. Cit.

[12] Vásquez Rocca, A. Alfredo Jaar, El secuestro de las imágenes y el Proyecto Ruanda. Almiar. Nº 44. 2009

[13] Duhalde, E. Op. Cit.

[14] Vásquez Rocca, A. Op. Cit.

[15] Vásquez Rocca, A. Op. Cit

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