Lo que se dice sobre Recabarren

Cuento de Cynthia Restivo

Recabarren pasa todo el día echado en la cama. No por gusto, más bien por un disgusto. La parálisis que un infortunio le destinó abandonó a este buen hombre a un presente esclavizado al recuerdo de un mejor pasado. El mundo de Recabarren, que antes estaba limitado a una porción del pueblo donde se encuentra su pulpería, se ve ahora reducido aún más. Su universo, tan pequeño como predecible, llega por momentos a desesperarlo. Las cuatro paredes pequeñas, con ladrillos desnudos, limitan su visión a un espacio chico, en el que sólo entran la cama y una pequeña mesita de luz, con el mate como fiel compañero. Este hábito, que hasta podría llamarse adición, es lo que hace que la casa de Recabarren, que se encuentra detrás de la pulpería, tenga un fuerte olor a yerba húmeda. Un olor que, de poder salir de allí, probablemente lo acompañaría.

Desde que el encierro de Recabarren se volvió inevitable, muchas cosas cambiaron en él. Una de ellas es su aspecto físico. La parte de Recabarren que veíamos detrás del mostrador de su negocio nos presentaba un hombre altísimo, de espalda amplia y huesos grandes. La piel curtida y oscurecida por el sol, contrastaba con lo blanco de su barba. Su nariz aguileña, no opacaba lo vivaz de sus ojos marrones, que sólo se dejaban ver cuando el ala de su sombrero arruinado por años y el trabajo, se levantaba lo suficiente como para no interrumpir su visión. Ahora, recostado de manera incomoda, torcido sobre el lado que no siente, parece un gigante. Está tan delgado que pareciera que a tantos huesos les faltan piel, pero eso no impide que tirado en la cama luzca como una bolsa cuyo contenido desborda. La colcha gruesa, con miles de agujeritos hechos por el uso y las polillas, lo cubren sólo por partes. Las noches crudas en el campo se llevan bien con semejante cobertor, pero el día, que le parece a él largo como un año, es caluroso. Sin embargo, nunca se lo quita de encima. Si tiene calor o frío, si está cómodo o no, si quisiera moverse o dormir, son realidades que no se adivinan en su rostro. Recabarren perdió toda expresión facial, su cara huesuda, incapaz antes de disimular un estado de ánimo, se encuentra ahora constantemente desanimada. Lo único que se advierte en él, es lo irremediable de una pérdida. Recabarren, victima de la piedad de unos pocos, decidió abandonarse a si mismo, frente a la fatalidad de su destino. Y eso sí que se nota.

La pérdida del habla, consecuencia de su parálisis, fue para Recabarren su sentencia al destierro. Fue entonces, que pese a todo esfuerzo, no encontró razón para intentar movilizarse hacia la pulpería. Aunque sucia y vacía la mayor parte del tiempo, él la extraña, porque esa era su persiana al mundo. Un joven (cuyo vínculo con Recabarren es misterio para unos y certeza para otros) lo ayuda y ambos intentan comunicarse mediante muecas y señas. Miles de sugerencias y consejos (que si hablara serían órdenes) se cruzan por la mente de Recabarren, que frente a su incapacidad se siente inútil. El tener vedada el habla y restringido el paisaje a observar desarrolló en este buen hombre, un gran sentido auditivo. Como los animales que buscan sobrevivir en nuevo ambiente, Recabarren fue, poco a poco, agudizando su oído para obtener mediante este, lo que la falta de ojos y palabras le quitaron. Es así, que el más lejano galope es percibido por él y automáticamente advierte al joven sobre la posible llegada de alguien. Si efectivamente esa persona que viene galopando su yegua, entra en la pulpería, Recabarren siente que cumplió su misión. Y puede que entonces, la mitad izquierda de su boca esboce una sonrisa. Lo mismo pasa cuando escucha la música que viene desde el negocio. Se deja llevar por los acordes y dibuja en su mente la situación de la pulpería, pero como si él estuviese ahí, con los codos apoyados en el mostrador de madera, con los ojos perdidos en sus grietas llenas de mugre, asombrándose de las historias que en las payadas se cuentan. Recabarren, en cuerpo y alma, es un cementerio de lo que fue.

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