Sobre “Ciudad de Dios”

Monografía de Sofía de Perini

El siguiente es el resultado de un análisis sobre dos imágenes de la película “Ciudad de Dios ” de Fernando Meirelles para la materia Comunicación I, Cátedra Entel, Año 2010. El análisis de las fotografías fue abordado desde la temática cuerpo y modernidad.

Para este trabajo se seleccionamos dos imágenes, ambas pertenecientes al film “Ciudad de Dios”, de Fernando Meirelles.  La historia que narra la película está basada en hechos reales y se contextualiza en las favelas de Río de Janeiro, a finales de los años 60, durante toda la década del ‘70 y principio de los ‘80.

La película representa la cruda realidad de las favelas y de los barrios más carenciados de Brasil. Los integrantes de las favelas son personas que han sido excluidas socialmente y discriminadas en las ciudades importantes de Brasil.

Los niños son comandados por un joven, quien a lo largo de su crecimiento se ha transformado en el jefe de una banda. Son frecuentes los enfrentamientos entre distintos bandos. A medida que avanza el film, el crimen se hace más implacable, el tráfico más pesado, los mafiosos son cada vez más jóvenes. Cuando uno de los jefes se enamora y es asesinado, colapsa una paz forzosa y frágil lo que conlleva una serie de muertes y venganzas en la favela.

Para los millones de brasileños que viven en las favelas  la violencia forma parte ineludible de la vida. Los niveles de violencia y delincuencia son elevados y las tasas de homicidio figuran entre las más altas del mundo. Las favelas, cuya población está privada de la protección efectiva del Estado, y especialmente de la protección policial, son las que sufren las mayores concentraciones de homicidios y delitos violentos.

Para el siguiente trabajo se seleccionaron dos imágenes representativas de la película “Ciudad de Dios”. En ambas, se pueden observar niños con armas. En la primera de ellas, el niño se ve forzado a usarla en contra de su voluntad, resistiendo a los jóvenes que se encuentran junto a él. Por el contrario, en la otra imagen el niño se encuentra solo, manejando el arma por voluntad propia y con una expresión de placer en su cara.

En su texto “Carne y piedra”, Sennet plantea el problema que ha tenido a lo largo del tiempo la civilización occidental para “honrar la dignidad del cuerpo y la diversidad de los cuerpos humanos”; llevándolo hacia la primera foto que analizamos (niño disparando bajo presión)  podemos ver como esto se cumple, es decir, se transmite la falta de respeto que hay hacia el cuerpo del otro. No sólo por el hecho de que se le está disparando a alguien, y así afectando físicamente su integridad, sino también porque quién está con el arma en la mano está siendo obligado a ejecutarla, de ahí extraemos que no se honra la dignidad de ese cuerpo, no se honra su autonomía y su libertad para llevar a cabo las acciones que quiera llevar. Se ve presionado, y bajo presión todo cuerpo pierde dignidad.

Ambas fotos elegidas para este trabajo fueron extraídas, como ya se ha dicho, de la película “Ciudad de dios” lo cual nos lleva a pensar en el contexto social, político y cultural que enmarca dicha historia: a grandes rasgos, la vida de un grupo de jóvenes en una favela de Río de Janeiro. Pensando un poco en el lugar que ocupan barrios marginales en América Latina, como son las favelas en Brasil, las villas de emergencia en Argentina, etc. se puede pensar en ellos como islas en medio del resto de la sociedad; planteando un paralelismo con la escena que el autor describe acerca de su amigo que lleva una prótesis de metal: “la gente (…) contemplaba con desazón la prótesis de metal y se apartaba. En seguida nos convertimos en una isla en medio de ellos”.  Algo similar sucede con las personas que viven en situación marginal, sus barrios son como la prótesis de metal, causan rechazo y generan un aislamiento hacia el resto de la sociedad. Una vez más la diversidad no es aceptada. Como no es aceptado (y aislado) el amigo de Sennet, tampoco son aceptados e incluidos los jóvenes de las favelas. La diversidad cultural de los cuerpos no produce cohesión en nuestras sociedades, más bien separación.

“Cuando una sociedad o un orden político habla de manera genérica acerca de ‘el cuerpo’, puede negar las necesidades de los cuerpos que no encajan en el plan maestro”. La anterior cita representa lo que sucede con los cuerpos de las fotos elegidas, son cuerpos que han caído en la delincuencia o en situaciones por fuera de lo legal debido, seguramente, al discurso y accionar generalizador que la dirigencia política y la sociedad toda tenemos. Discursos, actitudes y acciones que tienden a homogeneizar, negando así las particularidades de cada cuerpo, omitiendo y excluyendo como dice Sennet “las necesidades de los cuerpos que no encajan en el plan maestro”, tal es el caso de los jóvenes que aparecen en las fotografías; no encajan en el plan maestro, y sus necesidades han sido cercenadas.

Ya en el capítulo “Cuerpos Cívicos” el autor puntualiza el enfoque del cuerpo desde su ciudad, Nueva York. Y aunque ésta sea una ciudad del llamado “primer mundo”, se rescatan algunas similitudes con el contexto en que se enmarcan nuestras imágenes, que se materializan en las siguientes citas:

  • “(…) aunque los traficantes y sus escoltas son personajes familiares para las madres que vigilan a los niños en los columpios o para los estudiantes de la universidad cercana a la plaza, estos criminales parecen invisibles para la policía”
  • “toleradas por los ciudadanos, quizás provechosas para la policía, las casas de droga están floreciendo”
  • “(…) la gente no abraza la diferencia, las diferencias crean hostilidad, lo mejor que se puede esperar es la práctica diaria de la tolerancia”

La última frase nos sirve para entender el por qué de la violencia de los protagonistas de las fotografías, chicos que habitan en favelas, señalados constantemente por una sociedad que, como marca el autor, no abraza la diferencia; lo que lleva, indefectiblemente, a la animadversión. En otras palabras, la violencia física que estos jóvenes ejercen sobre otros cuerpos es producida por otra violencia, una más fuerte y más imperceptible: la simbólica, ejercida por una sociedad entera que es hostil ante el cuerpo pobre, humilde; ante el cuerpo diferente, diverso.

En base al análisis de Raymond Williams, que en “Marxismo y literatura” habla del concepto de hegemonía (citando a Antonio Gramsci) y lo opone al de dominio, considerándolo a éste como lo que “se expresa en formas directamente políticas y en tiempos de crisis por medio de una coerción directa o efectiva”, mientras que a la hegemonía la caracteriza por ser “un complejo entrelazamiento de fuerzas políticas, sociales y culturales”.

Cuando se habla de hegemonía, no se reduce la conciencia a las formaciones de la clase dominante, sino que comprende las relaciones de dominación y subordinación según sus configuraciones asumidas como conciencia práctica, como una saturación efectiva del proceso de la vida en su totalidad, de toda la esencia de las identidades y las relaciones vividas a una profundidad tal que las presiones y límites de lo que puede ser considerado, en última instancia, un sistema cultural, político y económico nos da la impresión a la mayoría de nosotros de ser las presiones y limites de la simple experiencia y del sentido común. La hegemonía constituye todo un cuerpo de prácticas y expectativas en relación con la totalidad de vida.

“La hegemonía es un proceso, por tanto debe ser continuamente renovada, recreada, defendida y modificada; también es continuamente resistida, limitada, alterada, desafiada, y de ello deviene que cada vez que haya una hegemonía habrá una contrahegemonía y una hegemonía alternativa, que son elementos reales y persistentes de la práctica”. Teniendo en cuenta estas definiciones citadas, podemos inferir que en las imágenes seleccionadas del film “Ciudad de dios” no existe consenso, por lo que no hay hegemonía. En la primera foto se ven a tres hombres incitando a disparar a un jovencito, podemos pensar esto como presión de castigo sobre el niño, y esto es clave para pertenecer en el grupo de los que lideran en las favelas. Si el niño dispara y mata a la persona que tiene al frente, triunfa y se lleva como premio su propia vida. Si no es lo suficiente valiente para hacerlo, no merece vivir en la favela. Con lo cual vemos, una vez más, que no hay consenso.

En la segunda fotografía seleccionada se ve a un niño a punto de disparar pero, con un gesto irónico de risa malvada, se percibe la manifestación de odio, establecido por las condiciones sociales de existencia. El niño lleva a la práctica una conducta de violencia, pero es una manera de reproducir mecánicamente su presente.

Como también expresa  Raymond Williams en su trabajo, se puede analizar la imagen desde las “Estructuras del sentir”, que sería lo social atravesando lo individual.

Es decir cuando ciertas conductas que son sociales son incorporadas por los individuos en sus prácticas cotidianas. Esta es una hipótesis cultural que intenta explicar los elementos sociales e individuales que en su tensión inherente quieren ser entendidos tal como son vividos y sentidos activamente, y no entendiendo a la cultura como algo estático y ya pasado. “Estructuras del sentir” para construir una descripción teórica de “cultura” como el proceso de interacción, conflicto, tensión incómoda, disturbio, malestar, resistencia, atasco, cruce más o menos violento entre ideología y experiencia.

Teniendo en cuenta el concepto de “Conciencia práctica” utilizado por Raymond Williams, se sostiene que para que el niño haya llegado a ese momento de tener un arma en la mano y sentir placer al disparar, existe toda una construcción detrás que lo lleva a percibir la realidad en forma de violencia. Lo social llegó a construir en las favelas, un ideal violento. La violencia como éxito, como poder. Lo social se traslada a lo individual, a las acciones personales de los integrantes de la favela. Allí no es extraño matar y destruir, sino en cambio, quien no sea capaz de afrontar dichas situaciones, quedará excluido y será incapaz de sobrevivir en la favela.

Aquello que Agnes Heller y Ferenc Feher en “La modernidad y el cuerpo” llaman la promesa frustrada de la Modernidad frente a la liberación del cuerpo, podría considerarse como una de las principales causas que determinan ciertas conductas de violencia física relacionadas con las fotografías de la película “Ciudad de Dios” que seleccionamos. Según ambos autores, la Modernidad hizo varias promesas, entre ellas “abolir la dualidad cristiana de alma y cuerpo para que pudiera nacer la famosa libertad de los modernos”. Sin embargo, esta promesa no se cumplió y por lo contrario se desvalorizó el cuerpo. Las personas eran sometidas a un proceso de debilitamiento moral y de esta forma, la clase dominante podía ejercer y reforzar su dominación. ¿Por qué se considera a esto el origen de delincuencias, de asesinatos y tiroteos? Porque en la desvalorización del cuerpo está intrínseca la perdida de interés por la sociedad de mejorar sus condiciones de existencia en la Tierra, ya que “la verdadera vida viene después de la muerte, con la liberación del alma” acorde al discurso dominante. No se descarta, obviamente, que esas acciones  violentas son parte de una lucha por el poder entre los mismos participantes de una sociedad, pero bajo esta realidad subyace la desvalorización del cuerpo y el que “no hay nada por perder”. El cuerpo pasó a un segundo plano y  hoy, es considerado una mera materialidad para el alma.  La espiritualidad es el tutor del cuerpo, que se ha identificado a lo largo de los años con lo racional.  Es por ello que Heller y Feher en su escrito connotan que la dialéctica de la Modernidad es la que desvaloriza el cuerpo y lo expulsa de la vida social, cuando justamente fue  la misma la que lo emancipó legalmente. Es decir, que los cuerpos son iguales y tienen los mismos derechos (“garantizados” por la Constitución) pero en la vida cotidiana esto no se cumple; y es allí donde podemos visualizar que ciertos cuerpos, como ser los de las fotografías, son excluidos y expulsados de la vida social.

En la película Ciudad de Dios se lucha por el poder de la favela, por definir quién manda allí. La apuesta es el cuerpo, y con él la vida. La violencia física es causada por una violencia simbólica más poderosa, inconscientemente, ésta es incorporada por los miembros de la favela. Lo dicho anteriormente, es encarnado por los jóvenes de las fotografías.

Michael Foucault, en “Vigilar y Castigar” Nacimiento de la prisión, hace hincapié en el Cuerpo y en las relaciones de poder en el cual está inmerso. Las relaciones de poder que operan sobre el cuerpo terminan transformándolo en una “presa inmediata”, una presa inmediata; “(…) lo cercan, lo marcan, lo doman, lo someten a suplicio, lo fuerzan a unos trabajos, lo obligan a unas ceremonias, exigen de él unos signos (…), el cuerpo, en buena parte, está imbuido de relaciones de poder y de dominación, como fuerza de producción (…)”. La primera imagen muestra cómo las relaciones de dominación someten a un niño a disparar haciendo de esto una gran “ceremonia”. Se ve en los ojos cerrados del pequeño como la dominación intenta atravesar su cuerpo pero se manifiesta una fuerza restrictiva, una resistencia ante la posibilidad de que la dominación haga de él una presa. Se debe resaltar que este poder no se aplica como una obligación a quienes no la tienen; este poder los invade, se introduce dentro de ellos y los atraviesa.

En la segunda imagen se puede observar cómo la dominación se apropió del cuerpo del niño al mantener el arma con una expresión placentera. En esta imagen se puede observar, a diferencia de la primera, que ya no hay resistencia; la dominación atravesó su cuerpo, lo preparó, lo domó de forma inconsciente.

A la hora de  relacionar las imágenes con la tesis elaborada por David Le Breton en “Antropología del cuerpo y modernidad”, surge la inevitable conexión entre lo que él llama sociedades de tipo comunitario y las favelas.  El autor habla del sentido de la existencia del hombre y lo asocia a un “juramento de fidelidad al grupo”. Esto último puede extraerse de la primera imagen en la cual el niño, presionado, aunque no quiera disparar debe hacerlo, debe cumplir ese acto que constituye una demostración de “fidelidad al grupo”. Si la fidelidad al grupo consiste en hacer lo que se le diga, y lo que se le dice es que debe tomar un arma y matar, entonces deberá hacerlo.  Todo esto va emparentado con lo que el autor dice respecto de el elemento de individuación: “(…) el individuo no se distingue del grupo: como mucho es una singularidad dentro de la armonía diferencial del grupo”. Así sucede con el niño que porta el arma contra su voluntad, no puede distinguirse del grupo, está obligado a ser como ellos, no puede diferenciarse; debe llevar adelante las mismas prácticas, ser un cuerpo  sin elemento de individuación.

El autor también habla de “El cuerpo popular”. Aunque cronológicamente él lo sitúe en las sociedades medievales de Europa, nosotras encontramos puntos de contacto con las zonas marginales que existen contemporáneamente en América Latina. Quizás esto se deba a que él, francés, escribe desde su contexto de un mundo desarrollado, con su particularidad histórica y cultural. Y, en este caso, lo entendemos y concebimos desde nuestro contexto histórico-socio-cultural de país subdesarrollado. Volviendo a lo que el autor establece sobre “El cuerpo popular” encontramos la siguiente cita: “El hombre (…) está amalgamado con la multitud de sus semejantes sin que su singularidad lo convierta en un individuo en el sentido moderno del término. Toma conciencia de su identidad y de su arraigo físico dentro de una estrecha red de correlaciones”. Entendemos estas correlaciones en cuanto a los roles que cada uno cumple en una sociedad, entonces el dominio que los dos jóvenes más grandes de la primer foto ejercen sobre el niño lo llevan, a este último, a “amalgamarse”; lejos está de ser un individuo en el sentido moderno, no sólo porque la promesa de modernidad jamás se cumple en los barrios pobres, sino porque además él y su identidad se expresan dentro de un marco de correlaciones. Por ende, el niño es lo que es dentro de una sociedad y de una cultura que tiende a asemejar la multitud, a perder la singularidad. Es difícil en un contexto de pobreza y exclusión no ser narcotraficante o delinquir; más difícil aún, negarse a matar o robar obligado por quiénes en ese estado de anarquía ejercen el poder y la autoridad. Todo esto se plasma en la fotografía, quien sostiene el arma (a su pesar) está privado de toda singularidad. Debe, dada la “estrecha red de correlaciones”, amalgamarse a la multitud y matar él también.

Siguiendo la misma línea, profundizamos la idea de que el cuerpo individual pierde singularidad y se ve superado por el cuerpo social con la siguiente cita: “En los sectores populares la persona está subordinada a una totalidad social y cósmica que lo supera. Las fronteras de la carne no marcan los límites de la mónada individual. Un tejido de correspondencias entremezcla un destino común”. La sumisión al destino común es total, la delincuencia parece ser la única salida, aun cuando no es elegida. La voluntad propia de la persona es sometida a la totalidad social. Seguramente la evidencia más clara de esto sea la primer imagen, pero creemos sin embargo que aunque en la segunda se vea a un niño “gozando” el poseer un arma, en el fondo ese niño no eligió eso, más bien fue ese destino común el que lo llevó a esa situación; al estar inserto en ese contexto social de la favela, se ve subordinado.

El niño de la segunda fotografía representa al “hombre carnavalesco” ya que siente placer al transgredir los límites, en este caso al sostener un arma. “Las actividades que le dan placer al hombre carnavalesco son, justamente, aquellas en las que se transgreden los límites, en las que el cuerpo desbordado vive plenamente su expansión hacia afuera: el acoplamiento, la gravidez, la muerte, comer, beber, satisfacer las necesidades naturales. Y esto con una sed tanto más grande cuando precaria es la existencia popular”.

Horkheimer y Adorno en “La industria cultural” aseguraban que “inevitablemente, cada manifestación aislada de la industria cultural reproduce a los hombres tal como aquello en que ya los ha convertido la entera industria cultural (…)”. En las fotografías podemos observar esto. En la primera, el niño que se resiste a disparar podría representar la figura del “outsider”, según estos autores. “Una  vez que lo que resiste ha sido registrado en sus diferencias por parte de la industria cultural, forma parte ya de ella”, es decir, que este niño no tiene escapatoria, no puede salirse de la construcción social en la que se formó. Ya sea aceptando y disparando o negándose y resistiendo, el joven se encuentra dentro de la “Industria cultural”.

No obstante, si decide resistirse será deslegitimado por su comunidad. En palabras de los autores: “Bajo el monopolio privado de la cultura aparece realmente que la tiranía deja libre el cuerpo y embiste directamente contra el alma. El amo no dice más: debes pensar como yo.  Tu vida, tus bienes, todo te será dejado, pero a partir de este momento eres un intruso entre nosotros”.

En la segunda fotografía pudimos observar cómo el niño disfruta de disparar el arma. El joven no reconoce que “el otro”, al que le está disparando, es una persona única e irrepetible sino que el hombre se ha transformado por la industria cultural en un ser genérico. “Cada uno es sólo aquello por lo cual puede sustituir a los otros (…).  Él mismo como individuo es lo absolutamente sustituible, la pura nada, y ello es lo que comienza a experimentar cuando con el tiempo pierde la semejanza”. Esto quiere decir que el niño al sentirse intercambiable y poco valorado, piensa que puede matar a un otro, el cual podría ser reemplazado por él o por cualquier otro miembro de la comunidad.

Observando a  los niños de las fotografías descubrimos que ellos son producto de una construcción social que reproduce las relaciones de poder que hay en la favela. Tanto el niño que siente placer al disparar como el que se resiste forman parte de esa repetición. Citando a Horkheimer y Adorno: “La eterna repetición de lo mismo regula también la relación con el pasado. La novedad del estadio de la cultura de masas respecto al liberal tardío consiste en la exclusión de lo nuevo. Cuando llega al punto de determinar el consumo, descarta como riesgo inútil lo que aun no ha sido experimentado”.

En el texto “Ideología y aparatos ideológicos del Estado” de  Louis Althusser se observa que la escuela desempeña un papel dominante dentro de los aparatos ideológicos del Estado debido a que, en palabras del autor, “(…) les inculca durante muchos años, los años en que el niño es más vulnerable y está aprisionado entre el aparato ideológico familiar y el escolar” no sólo saberes prácticos, sino también la ideología dominante, es decir: moral, educación cívica. Teniendo en cuenta esto, podemos ver que en las fotografías no es la escuela la que cumple el rol de aparato ideológico del Estado dominantes en la favela. Sino que la escolaridad es reemplazada por una “escuela de la calle”. Dicho de otro modo, todas las características que Althusser utiliza para describir la institución escuela pueden transpolarse a la “calle”.

Cuando el autor afirma: “No hay ningún aparato ideológico del estado que mantenga durante tantos años una audiencia obligatoria, 5 o 6 días a la semana a razón de ocho horas por día, con la totalidad de los niños”. Es evidente que en las favelas el papel de la escuela es reemplazado por lo que puede aprenderse en la calle misma.

Como explica Althusser, luego, “cada sector masivo, que se incorpora a la ruta queda, en la práctica, provisto de la ideología que conviene al papel que debe cumplir en la sociedad de clases”. Si bien en las fotos no podemos hablar estrictamente de “clases” sí podemos observar, que en la primera fotografía, existe un “papel de agente de explotación”. Entendido como “saber mandar y hacerse obedecer sin discusión” representado por los adultos que presionan al niño para que dispare. A su vez, el niño, cumple el papel de “explotado”, es decir, quien  posee una “conciencia profesional, moral, cívica, nacional y apolítica altamente desarrollada” que hace que este joven no pueda rebelarse. Según Althusser, las relaciones entre explotador y explotado “se reproducen (…) precisamente mediante el aprendizaje de saberes prácticos durante la inculcación masiva de la ideología dominante”. En nuestras fotos, estos saberes prácticos se aprenden en las calles de las favelas.

Conclusión

A lo largo del desarrollo de este trabajo coincidimos en que estas fotografías muestran un costado de la exclusión y la violencia que prima en las comunidades pobres de Brasil.

Los elementos dispares que plantean los diferentes autores elegidos encuentran su conexión en una comunidad donde reina la marginación: la favela. En ella se encuentran todas las promesas incumplidas de la Modernidad, los aspectos negativos de la seriación de la sociedad de masas, la pérdida de los elementos distintivos de cada cuerpo; y ante esto la incapacidad de que dichos cuerpos puedan escapar de los mecanismos de dominación que los convierten en aquella isla que Sennet describe.

También podemos concluir que en las fotografías analizadas, el cuerpo se expone hacia la dominación ideológica, y a una continua resistencia para soportar las presiones sociales.

Si bien, como sucede en las favelas, también ocurre en las villas de emergencia en Argentina, los habitantes de las mismas están atados a un continúo circulo existencial del que les es muy difícil escapar. Es como una decisión del destino que ubica a las personas en un determinado lugar con condiciones de vida con mayor o menor suerte.

En el caso de las favelas, los niños crecen bajo una educación violenta y desprotegida, y es así como construyen una vida igualmente violenta y frustrada.

Podemos concluir que el cuerpo se va amoldando a las circunstancias vividas, de manera que intenta adaptarse a las costumbres, a las culturas y a las ideologías dadas en distintos momentos de la historia de las sociedades humanas.

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