Como una piedra rodante

Ensayo realizado para Taller de Expresión I por Teresa Valentin.

¿Cómo se siente?

Estar por tu propia cuenta

Sin dirección a casa

Como un completo desconocido

Como una piedra rodante.

“Like a Rolling Stone”  – Bob Dylan

Recuerdo la primera vez que sentí el desarraigo en mi mente,  tenía apenas 7 años y volvía a Argentina después de vivir dos años en Estados Unidos. En el aeropuerto, minutos antes de subirme al avión miré a mi alrededor y me invadió esa sensación que se puede resumir en unas simples, pero complicadas palabras: el no pertenecer a ningún lugar. Quizás sucedió porque en tan solo dos años mi vida entró en un frenesí de cambios: me mudé tres veces, me cambié de colegio dos veces, viajé más kilómetros de lo que alguna vez imaginé caminar, volar o andar en auto, y comprendí, gracias a la diversidad étnica de mis compañeros de aula, que en la vida iba a conocer mucha gente de distintas partes del mundo.

A lo largo de los años esa sensación se hizo permanente en mí, como si fuera una huella imborrable de aquella experiencia en el exterior. Tan fuerte era su impronta que sin haber leído a Borges aún, imaginaba antes de dormir que yo era el personaje de un gran libro y que por dicha razón no existía en ningún lugar, excepto en la mente de un escritor. “Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que él también era una apariencia, que otro estaba soñándolo”1.

Entonces, como si tuviera miedo a desaparecer algún día, comencé a buscar mi lugar en el mundo. Al principio mi búsqueda se resumió en querer encontrar un espacio geográfico al que pudiera llamar mío e hice una lista de donde me gustaría o no vivir. Ni Burzaco ni Luis Guillón eran o son una opción, los recuerdos de ambos sitios por momentos se tornan demasiado tristes. Además, nunca observo ningún motivo para volver a estos lugares. Al mismo tiempo, sin explicación alguna me obsesioné con vivir en San Telmo. Cuando tuve la oportunidad de hacerlo, al establecerme un mes en Capital Federal, el ritmo de vida tan agitado me ahuyentó.

Ampliando mi mapa y mi búsqueda, empecé a considerar otras provincias del país. Córdoba era una opción agradable, pero me di cuenta de que las sierras no son lo suficientes ruidosas como para mi espíritu a veces estrafalario. Misiones siempre me generó curiosidad, no obstante al ir a la triple frontera en una de las vacaciones familiares todo me pareció muy confuso, no hay sentimiento de pertenencia. Como cuenta Martín Caparrós:

“Esto es muy raro, es el efecto de la frontera: en pocos minutos podes estar en escenarios completamente diferentes, Puerto Iguazú, Foz, Ciudad del Este. Esto te quema un poco la cabeza, te da una percepción distinta, es como si fueras menos responsable, como que siempre estás en otra parte […]”2.

Pensé muchos lugares, sin embargo ninguno parecía el ideal, todos carecían de encanto. De modo que subí mi propia apuesta y mi nuevo objetivo era encontrar un espacio en el mundo que se pareciera a mí. Sin ser tildada de narcisista, el desear encontrar un área de esa característica residía en el hecho de que a veces al hablar con ciertas personas me decían con tanto cariño este lugar es como yo. ¿Tal afirmación es absurda o es posible que un sitio sea igual a un conjunto de personas? ¿Será por ese motivo que la ciudad de Buenos Aires es tan estresante, tan peligrosa y tan mal educada?

Hablando desde una perspectiva sociológica, los individuos integramos una comunidad en la que se pactan ciertas normas de convivencia o leyes para vivir en una zona específica, pero ¿es posible que la gente le tenga cariño a un lugar porque se parece a uno? Sin tener una respuesta certera, a mi criterio las personas sienten apego a un espacio por los recuerdos. ¿Por qué motivo viajamos siempre a los mismos lugares de vacaciones? Todo es parte constituyente de la vida, quizás, por ese motivo está la creencia de que un lugar es igual a uno.

Para entender mejor mi propuesta es necesaria una definición de la palabra mundo. Denota en su significado más simple al conjunto de todo lo creado, que a mi entender es bastante general. En la filosofía hallamos un sentido más elaborado del término, el filósofo argentino Adolfo P. Carpio hablando respecto de la noción de “ser en el mundo” de Heidegger dice:

“El término “mundo”, tal como aquí se lo emplea, no ha de confundirse con otras nociones como la de universo (o “cosmos”, como ahora suele decirse para aludir al universo natural, especialmente astronómico), sino que tiene sentido humano, histórico (…) Afirmar que el hombre es ser-en-el-mundo es como decir que ni hay hombre sin mundo, ni mundo sin hombre”.3

Por ende, creo que uno es lo que percibe de la realidad histórica, es decir, el hombre debe comprenderse a si mismo para plantearse la búsqueda interior y espacial de su sitio en el mundo. Aunque claramente discutible, puedo argumentar a partir de lo anterior que encontrar un lugar es saber que existimos en un espacio por la relación que entabla con el hombre, sin caer en la trampa del concepto “encajar”. Respecto a ello, Adolfo P. Carpio establece en su análisis de Heidegger:

“[…] caracterizar de modo preliminar lo que signifique el “en” del “ser-en-el-mundo”. Se trata así de evitar un grave malentendido: el de creer que “mundo” fuese una especie de “recipiente” cósmico “dentro” del cual se hallarían los entes, y entre ellos el hombre”.4

Por lo cual, buscar un lugar en el mundo no necesariamente implica estar dentro de un espacio concreto. Está totalmente relacionado con existir, al constante movimiento del cuerpo y al viaje que hace el hombre por la vida. Al viajar ya sea por placer, por negocios o porque escapa indirectamente explora su sitio en el mundo. El transitar tanto hace que las personas indaguen constantemente otros lugares, un cambio en su propia existencia. La verdadera incógnita sería si una persona está conforme en un sitio, ¿igualmente busca viajar a otro lado? ¿Es casi un estereotipo del mundo moderno esa necesidad?

Pero, a veces nuestras condiciones reales de existencia no nos permiten costear un viaje real. Con lo cual ¿esto conduce a las personas a inventar mundos utópicos? Uno de los motivos que subyace detrás es esta necesidad de encontrar un espacio propio que sea semejante a los deseos de cada uno. Nuestro mundo sensorial se construye a partir de lo que vivimos día a día en la convivencia con los demás, por eso la imaginación y los sueños son los motores de mundos ideales. De hecho, Andre Breton, autor del Manifiesto Surrealista, enuncia que es posible que nuestros sueños constituyan todo un mundo aparte, sin dejar de ser real.

Por ejemplo, recuerdo cuando estaba en el colegio y en las tardes de primavera el sol iluminaba mis carpetas. En esos momentos me gustaba transportarme a un lugar al que bauticé “Sunday Morning” por mi canción favorita de Velvet Underground. Cerraba mis ojos y veía un inmenso parque, en el medio una casa grande con ventanales antiguos y en el fondo una arboleda que no tenía fin. La imaginación me permitía viajar a un lugar en el mundo que yo consideraba mío, lo había construido gracias a todas los signos que rodean nuestra realidad. En mi mente ese paisaje surrealista era de verdad.

Ergo, hallar un lugar en el mundo es posible si nos comprendemos en una relación directa con el entorno, ya que es una guía a nuestra autocomprensión. Asimismo, es difícil porque justamente involucra una mirada filosófica, emocional y, por último, espacial de los hechos. Debemos poner en práctica el yo pensante cartesiano ya que cada persona tiene su propio concepto de “mundo” (o del mundo) y de pertenencia, más allá de lo que puedan decir las enciclopedias. Sin embargo, ¿cuál es la mejor escapatoria? ¿El viaje a otro lugar del planeta o viajar a un lugar imaginario? Todo a nuestro alrededor es una herramienta para resolver esta tarea, navegar y conocer distintas partes del globo o imaginar mundos posibles son simplemente maneras de solucionar nuestro problema existencial.


1 Borges, J. L. “Las ruinas circulares” en Ficciones, s.e., en: http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/borges/ruinas.htm

2 Caparrós M., s.f., en El interior, s.l.e., p. 136

3 Carpio A. P. (2004), en Principios de la Filosofía, Glauco, Buenos Aires, pp. 386 a 387

4 Carpio A. P. (2004), en Principios de la Filosofía, Glauco, Buenos Aires, pp. 392

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