El tapiz de Bayeux

Ensayo de Matilde Iñigo Carrera

Las historias siempre están aquí reclamando su lugar, pidiendo ser escuchadas, pero no todos se atreven a oírlas, porque los hechos del pasado no se estudian, ni se sistematizan solos, necesitan a alguien que sea valiente, necesitan a alguien que no tema ante su presencia.Hay gente muy miedosa, hay gente muy cobarde, gente que siempre teme a lo desconocido, gente adicta a transitar por lugares seguros. Hay todo tipo de gente en este mundo, intentar una clasificación sería caer en la paradoja del mapa chino, pero quien se atreve a prestar sus oídos a los susurros de los espectros del pasado sabe que ellos le retribuirán la gentileza llevándolo a un lugar distinto, nuevo y viejo a la vez, porque los fantasmas tienen historia y la historia está llena de fantasmas, que se levantan rencorosos y luchan, luchan contra el mito, la fábula y el cuento, piden no ser olvidados. Piden, reclaman siempre, los fantasmas son seres muy posesivos, nos atrapan con sus canto de sirenas y uno se dirige a ellos fascinado, muchos inconscientes chocan contra los filos de sus voces y caen preso en sus cárceles invisibles, donde ellos mandan y los recluidos obedecen como autómatas a sus órdenes espectrales.

Las historias no atrapan a todos, ellas saben elegir muy bien a sus víctimas, a mí siempre me atraparon las historias de espectros con finales irreversibles, me gusta la imposibilidad total de redención, cuando todo se clausura, cuando la muerte le gana a la vida. Me gustan las historias donde los protagonistas son fantasmas enojados, que deben buscar a extraños para que se los recuerde, porque su sangre ya no es parte de este mundo. Me gustan las historias con finales trágicos, la fórmula “vivieron felices y comieron perdices para siempre” y yo nunca nos llevamos bien.

Me gusta la historia del fantasma de Isabel cruzando los arcos de la ciudad de Granada, montando “como hombre”, detrás de ella, siempre detrás de ella, Fernando, “el católico”, la secunda. Allí en esa ciudad ocupada por más de ocho siglos por los moros comienza este viaje, mi viaje con los fantasmas de la Europa monárquica, con los fantasmas de la Casa de Trastámara, del linaje de los Tudor y los Estuardo, de las dinastías de los Austrias y los Valois, porque la historia de estas familias es isla, península y continente, porque el mismo lazo que las ata nos sigue sujetando hoy, aunque con nudos distintos. El hilo que borda el paño del pasado atraviesa el océano portado por las tres carabelas, y con ese viaje la aguja de la historia occidental enhebra la tierra a la que hoy estoy ligada. Ese cordel nos sujeta a todos, no lo vemos pero está atándonos desde el año 1492. Una fecha que marca el comienzo de la historia “grande” de los reinos de Castilla y Aragón. Un año en el que el viejo continente posa sus ojos sobre un lugar “nuevo”, y su mirada es tan penetrante que lo desangra hasta casi secarlo, y su mirada es tan eficiente que aún hoy las heridas no cicatrizan, cada día son abiertas, cada día las bocas succionan un poco más de la sangre, todavía fresca, “americana”, cada noche las aberturas lloran, supuran pus amarillento y esperan, esperan una mañana sin sentir la tortura de los dientes contra la carne.

Un año en que Isabel se convirtió en la reina castellana de la reconquista, después de más ocho siglos de ocupación mora. Isabel, poderosa, y Fernando, consorte, entraron a la “muy noble, muy leal, nombrada, grande, celebérrima y heroica ciudad” andaluza. Antes había llegado él, el genovés navegante, que iba de reino en reino con sus historias de delirio y sus mentiras mal contadas, los sabios españoles sabían la verdad, no siempre sucede pero en éste caso la sabían, la cuestión era no era la forma sino el tamaño de las cosas. Isabel no le creía, pero el genovés sabía bien cuál es el punto débil de la reina católica: Fernando, Fernando con su tedio a cuestas, gobernado sus dominios por virreyes, Fernando, el rey consorte, el rey sin tierra bajo sus pies, fue el medio, Isabel, la mujer, el objetivo.

Las ruedas del engaño giran, no hay víctimas de este lado del océano, Isabel paga, y Fernando se venga. Ella lo sabe, debe pagar el crimen de ser más poderosa que su esposo, someter al hombre trae consecuencias, las cortesanas caminan sobre el cuerpo de la reina, sendero seguro que conduce a los brazos del aragonés. Isabel llama a “Las Indias las pupila de sus ojos” y se va, llama Fernando, pero él ya no está allí, Fernando nunca está con Isabel, Fernando siempre está lejos, sólo, esperando que la reina católica caiga, e Isabel cae y sus esperanzas se van con ella.

Cinco hijos salieron del vientre de la reina católica, un varón, cuatro mujeres, cinco destinos trágicos: uno muerto en sus bodas, otra pariendo un niño muerto, otra casada con el esposo de su hermana muerta, otra desposada por un duque demasiado vivo, otra enviada a la isla para casarse con un Arturo y desvirgada por un Enrique, reina sin trono, enterrada sobre suelo inglés como princesa española. Todas las esperanzas de Isabel murieron con ella, y renacieron con Carlos. La aguja de la historia se burló de aquella que planeó sucesiones, que creyó que por ser reina podía tomarla y decidir cuál sería el punto que la próxima puntada daría sobre el lienzo. Nadie pudo impedir, ni el mismo Fernando, que el hijo de un Austria se yerga sobre trono español. Felipe y Juana en una loca carrera de postas y embarazos, Felipe siempre huyendo, y Juana siempre con el vientre lleno de vida real acorralándolo, en cada corte por donde pasa deja un hijo olvidado y un nuevo embarazo.

El Sacro Emperador del Imperio Romano Germánico triunfa en Pavía, ni una letra española articulan sus labios flamencos, las Cortes lo saben, pero Carlos, el de sangre inquieta y maxilar fuerte, tiene a las mujeres de esta historia a su favor: Juana La Loca de Tordesillas, Isabel la princesa portuguesa, de ellas dos se alimenta la fuerza de Carlos y de él nacen hijos como hongos criados bajo la sombra húmeda de una leyenda.

La isla comienza a proyectarse por Europa, Carlos lo sabe, sabe que su imperio sucumbirá por la isla. Hace otro intento, uno más y casa a su hijo, el Felipe joven de atavíos dorados, no el oscuro en el que se convertiría luego de yacer con María, pero la gota lo cerca, ahora está encorvado, ahora es un anciano que lleva en sus huesos las marcas de su lucha contra el Francisco de las artes: raptado él, raptado el Delfín, prisioneros todos de un Carlos invadido por la fiebre, que busca consuelo en habitaciones ardientes y bendiciones jerónimas. Ahora la aguja se hunde y salpica el lienzo con sangre austriaca, ya no hay esperanza para ellos, están condenados a desaparecer. Mientras Europa se alimenta con el néctar de las tierras “Américas”, desangradas para sostener un imperio donde la riqueza nunca es absorbida por España, el metal se filtra como agua, el metal se pierde por toda Europa: España pierde, después de Carlos, España comienza a perder e Inglaterra a ganar. Península e isla atadas por el mismo lazo, cuando el nudo cae sobre España, el punto se afloja para Inglaterra.

Enrique, el hijo segundo del Tudor que se impuso sobre las rosas rojas y blancas de los Lancaster y los York, obsesionado con un hijo varón para hacer fuerte su reino, un hijo varón para que su Casa no sucumba cuando el muera y el vástago no llega, concibe hijos muertos y el vástago no llega, concibe hijos abortados y el vástago no llega, concibe hijos enfermos y el vástago no llega, concibe a María y a Isabel, concibe, Enrique, concibe, pero su sangre de hombre muere con él, deja a dos mujeres y un legado de fortuna hecho de sisma. No nos engañemos esta es una historia de reyes y de poder, no hay puntadas dirigidas por Eros, no en esta parte del lienzo. Ana decapitada, Catalina muerta, Juana muerta, Ana anulada, Catalina decapitada y viva, todas ellas tomadas bebidas y vaciadas por el espíritu Tudor, todas ardidas, porque Enrique arde hasta que muere, porque su carne se mueve siempre por el fuego. Las brasas de la fiebre consumen su cuerpo, mientras Isabel, la reina virgen, y sus piratas toman y arrastran el lienzo de la historia por el fango de las costas de los grande mares, que navegan las naves cargadas de riqueza dos veces robadas, y sobre ese mismo lienzo rueda la cabeza de María la católica escocesa luego del golpe del hacha del verdugo, y nunca un Estuardo en trono inglés, y siempre un Estuardo en trono inglés. Jacobo caza brujas sobre la pólvora frente a la mirada de la pequeña Dinamarca, mientras Ana, la última de los Estuardo, y sus diecinueve hijos malogrados miran el lienzo del la historia, junto a ellos está Carlos, el Hechizado, que nada dice, porque nada sabe.

Y de un lado y del otro del canal de la mancha los Tudor, los Austrias, los Estuardo, los de Castilla y Aragón, y los Valois bailan el ritual de la venganza, sobre el tapiz del pasado, piden ser recordados por voces extrañas, saben que su sangre ha muerto y vienen a vengarse desde los libros.

Ellos los dueños del mundo piden ser nombrados para sobrevivir, ya no hay vida en sus castas enfermas, y mi legua, mis dientes y mis labios articulan sus nombres. Ningún daño pueden hacerme, soy su vieja conocida, soy su aliada, entiendo su dolor, su destino maldito: creyeron manejar la aguja que cose las puntadas del tapiz de la historia, pero fueron pinchados por su la filosa punta, que siempre infecta a quien osa intentar controlarla.

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