Prisión

Cuento de Cynthia Restivo

Día tras día anota. No sabe en qué momento la necesidad se transformó en un hábito esclavizante. Algunas veces, por lo general en enero cuando iba a comprar la agenda nueva, se enojaba consigo  mismo por la costumbre adquirida, teniendo la seguridad de que podría vivir sin anotar todo en ese cuadernito. Incluso se ha  propuesto intentarlo, pero siempre que llegaba la oportunidad de no escribir algún compromiso en la agenda, lo invadía una horrible inseguridad, seguida de atormentadoras imágenes en las que debía disculparse por llegar tarde o peor que peor, por olvidarse de la cita pactada. Muchas veces se preguntaba si su memoria se habría afectado por desuso. Porque verdaderamente, no la utilizaba para nada, todo queda plasmado en un papel: la lista de compras, los horarios de la pastilla, las direcciones importante (incluso aquellas a las que se dirigía con frecuencia), miles de papelitos adornan su heladera con sus colores, que se había transformado en una extensión de la agenda. Es por eso, que la tarde en que perdió su agenda azul, también perdió el control de su vida. O por lo menos eso temió que pasaría. En su cabeza solo se sacudían algunos recuerdos, horarios y lugares clásicos, como el trabajo, la facultad, esos que son imposibles de olvidar porque forman parte de su cotidianeidad. Pero cualquier detalle que superara su día a día, se había esfumado de mi mente, o se mezclaba con otros, conduciéndolo a una situación de nerviosismo, ansiedad y nula concentración. Trató de superar el momento con la mayor calma posible, acunándose en la posibilidad de que los anuncios de la heladera le traerían a la mente las palabras de la agenda.

Pasó horas frente a la gran cartelera blanca, pensando a qué hora era el turno del dentista, cuándo tenía el parcial de Marketing, pero nada funcionó. Exhausto y deprimido por la derrota, se acostó a dormir. Se me ocurre que al cerrar los ojos y dejar de pedir auxilio su mente se ordenó. Su memoria que hasta hace unos minutos era una agenda en blanco, comenzó a escribirse por una mano con uñas esculpidas. Se ve parado en la avenida. Una gran flecha con luces de neón señala Yrigoyen y Manuel Castro. Camina hacia allí y sin necesidad de preguntar nada, alguien le dice: ¿va al dentista? Séptimo “a”. La señorita con su delantal blanco  abre la puerta y en lugar de la típica y temerosa camilla, hay un gran reloj que señala las cinco y media. Entonces comienzan a sonar los Beatles. Aturdido y aliviado, el hombre se despertó y corrió a anotar todo lo que el sueño le había dictado. Noche tras noche se repetía lo mismo. Apenas cerraba los ojos, guiado por una vaga intuición comenzaba a hacer todo lo que su agenda perdida indicaba. Con los meses comenzó a lamentar la monotonía. Ya no había lugar para palacios, para autos rapidísimos, para las mujeres más lindas, cada vez que se acostaba, soñaba exclusivamente aquello que debía hacer al día siguiente. Escapó del laberinto que formaban las hojas blancas y gruesas de su abultada agenda, pero se hundió para siempre en la seguridad de hacer dos veces al día, las mismas cosas.

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