Una visita a la casa de los Ocampo

Crónica de Carolina Recasens, realizada para Taller de Expresión III de la carrera Cs. de la Comunicación.

CRÓNICA DE UNA VISITA A LA CASA DE LOS OCAMPO, 110 AÑOS DESPUÉS DE SU INAUGURACIÓN[1]

En el mismo comedor en el que tomaron el té ministros –tanto argentinos como europeos-,  personajes ganadores del Premio Nobel, músicos notables, y otras figuras reconocidas de la  crème  intelectual del siglo XX, también merendaron su pequeño vecino y trabajadores de oficio, carpinteros y pintores, que trabajaron en la residencia. Victoria Ocampo fue una aristócrata, pero no  una aristócrata más.

Un día jueves de abril, visité la mansión en la que vivió aquella mujer distinguida de Buenos Aires.  El aire estaba pesado y húmedo, y el sol irradiaba levemente sobre  la casa. Abrí un portón verde oscuro del tamaño de tres puertas, y crucé un parque de una hectárea, siguiendo un camino que me condujo hasta la entrada principal. Allí estaba yo, parada frente a un bloque arquitectónico, sólido y firme, desafiante.  Se elevaba  majestuosamente frente a mi.  Subí la vista para ver la fachada completa, y a duras penas logré atisbar la parte superior de ese ‘palacete’ naranja ladrillo, que empequeñecía todo a su alrededor. Saqué mi cámara y tomé un par de fotografías, aprovechando la perspectiva oportuna. Un cartel indicaba que sólo estaba permitido tomar fotos desde el exterior. Guardé la cámara, respiré hondo, y entré a la poderosa vivienda. Subí un par de escalones y  llegué a la planta baja.  Choqué con una alfombra verde moho con una figura cubista en el centro, que se hallaba colgada en la pared. Minutos más tarde me enteraría de que esa alfombra desteñida y golpeada por los años llevaba un diseño de Picasso.

La guía esperaba en el Hall, era una joven de aspecto moderno, que llevaba el pelo corto y daba explicaciones con soltura, al tiempo que sonreía reiteradamente. Mientras Laura me hablaba a mi -y a un grupo que de pronto se formó-, del concepto de claridad del racionalismo presente en las paredes de pintura blanca sobre roble, yo pasaba del estado de pequeñez al de una mezcla de asombro y extrañeza. Allí estaba yo parada, en la casa de quien conoció a Coco Chanel, a Antoine de Saint Exupery, entre otros, pisando el mismo parqué que pisó Borges o Federico García Lorca. “Victoria era como una hermana mayor de Borges o de Sábato. A esos jóvenes les dio un lugar en su revista para expresarse”- recalcó Laura en la sala de música-, ya dirigiéndose hacia la sala del Proyecto Sur, a aquella habitación que era el ex escritorio de Victoria. Me quedé un rato en la sala de música para mirar su retrato, un cuadro que parecía gótico, al que, si  hubiera podido elegirle un nombre, lo hubiese llamado  “Victoria, la gótica”. Ella  posaba sosteniendo un libro bajo su brazo, como si fuera una simbiosis de su cuerpo. La imaginaba hablando con Borges, sentada en uno de esos sillones blancos, a la luz de las lámparas simples y funcionales de estilo Bauhaus. “Ella era como una mecenas para todos (refiriéndose a los jóvenes literatos y poetas). Ellos podían escribir bajo la perspectiva política que desearan”, explicaba Laura. La revista parecía una melange de ciencia, cultura, arte y literatura, que no contenía escritos de índole política partidaria. Solo se permitió manifestar el desagrado por las acciones inhumanas de los totalitarismos fascistas y nazis.

Una vez recorrida la planta baja,  percibí que sobraban salas. Había una de música, una para la revista Sur, otra sala de estar.  Todas eran muy espaciosas, tanto que había mucho lugar  entre los muebles,  y a pesar de que éramos un grupo numeroso, no nos sentíamos encimados. En el primer piso también había un espacioso hall y un comedor.  En la planta alta, se encontraba la biblioteca con estantes que tapaban toda una pared, desde el piso hasta el cielorraso.  Era la biblioteca que cualquier estudiante, profesional, o lector apasionado desearía tener.“Escribía de todo”-nos dijo Laura-, pero al preguntarle por los libros de Ocampo sobre política respondió: “No tenía una orientación política fija, recibía tanto a comunistas como a fascistas antes de la segunda Guerra Mundial. Escribía de todo, sí, menos de política”.

Dejé la residencia, que fue  donada a la UNESCO,  pensando en las últimas palabras de Laura, imaginándome a aquella mujer que posaba junto a un libro en el cuadro, que dejó sus sello en el estilo de las paredes, en los muebles, en su revista, en la sociedad. Me reproché el no haber visitado la mansión años antes. Hubiera podido conocer a una mujer de vanguardia, que manejaba su auto usando pantalones y fumando, que se rebelaba contra la discriminación y el sometimiento a través de la literatura.

Puede que Victoria Ocampo haya sido más transgresora que rebelde, y que quebrara reglas y normas de género en lugar de  sublevarse contra alguien o algo. No le interesó la política, su terreno para la lucha fue el arte.


[1] La casa de los Ocampo fue inaugurada en el año 1891.

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