Varieté subterráneo

Crónica urbana de Emmanuel Patrone

 A pasos del Luna Park, se erige otro centro de espectáculos culturales, un teatro subterráneo llamado Leandro N. Alem, y que alberga un show de variedades particular. El precio de las entradas es increíblemente accesible, teniendo en cuenta lo caro que están los tickets en la gran mayoría de los teatros de Avenida Corrientes.Es curioso, pero sin publicidad, el espectáculo reúne a una respetable cantidad de gente y de una notable variedad: estudiantes, hombres de oficina, madres con sus hijos, trabajadores humildes, señoras paquetas. Un verdadero show popular y para todas las edades.

Una cosa que llama la atención es que no hay asientos numerados. Se podría pensar que esto es una ventaja (uno se sienta donde le place), pero pronto se ve que es absolutamente lo contrario. En este viernes al mediodía, se produce una pequeña estampida de cuerpos humanos en busca de los tan preciados asientos. Por suerte, es un horario pacífico en lo que respecta a acumulación de personas, y todos los espectadores presentes consiguen un asiento. Las puertas se cierran automáticamente. El show está por comenzar.

Aún no ha pisado el escenario el primer artista. En cambio, una niña de ojos achinados entrega a cada uno de los espectadores una tarjetita con una frase risueña. Unos segundos más tarde, recoge las tarjetitas, asiento por asiento, recibiendo monedas de algunos de los presentes. Ella se despide sin decir una palabra.

Unos minutos después, las puertas de entrada se abren e ingresa un hombre fortachón, de cabello oscuro y tez bronceada portando una guitarra criolla. Ahora sí, se da inicio a la función.

1º Acto: Florida

El artista se presenta. Dice que nos va a cantar un “folklore de mi tierra”. No llega a aclarar cuál es su lugar de origen. Ejecuta los primeros rasguidos de su guitarra, precisos y rítmicos y comienza a entonar con una voz portentosa una canción con versos de nostalgia romántica. Es claro que le ha tocado un público exigente. Si bien algunos mantienen contacto visual con el intérprete, que en este momento se deshace en notas afligidas, una gran mayoría de los concurrentes apenas saca sus ojos de los diarios o libros que están leyendo. Otros no parecen estar contemplando nada en absoluto y sólo mantienen los párpados entreabiertos, entre el sueño y la vigilia.

El artista termina su serenata folklórica. Recibe algunos aplausos de cortesía, agradece cordialmente y pasa al siguiente escenario (o vagón, como también se le dice), pasando un sombrero en su mano buscando retribuciones monetarias de parte del público. Como se le suele decir, un auténtico “espectáculo a la gorra”.

Intervalo

De a poco, el escenario comienza a llenarse, no de artistas, sino de personas del público. Los asientos que restaban conquistar finalmente se ocupan. Los espectadores que llegaron tarde a la función (que son muchos) están obligados a disfrutar del show parados. Se comienza a respirar un aire sofocante causado por el amontonamiento de personas. Con el pasar de los minutos, invade al pensamiento la hipótesis de que el espectáculo está temporalmente suspendido.

A todo esto, empiezan a aparecer vendedores de diferentes rubros. ¿Serán los sponsors de este espectáculo de variedades? Uno nos ofrece “todo el cine, los nuevos y próximos estrenos”, “para los chicos y para ver con la novia”. Hace hincapié en la fabulosa oferta que está brindando: “solo $5”. Una señora de la audiencia cae bajo los encantos del vendedor y accede a aprovechar la oportunidad. Escasos minutos más tarde, un nuevo emprendedor llega, colándose entre el público. “Práctico gancho organizador multiuso, se pega a cualquier superficie y lo llevan a sólo 10 pesos” proclama, y nos muestra, en vivo y en directo, la maravilla técnica que está intentando vender. “Se pega a cualquier superficie”, repite, y agrega, mientras saca de una bolsa el producto en cuestión, adhiriéndolo al techo del vagón: “no necesita pegamento, por su sistema adherente de ventosas”. Aunque su tono es entusiasta, no logra contagiar a sus posibles compradores y, entre pedidos de “permiso”, se marcha al próximo vagón lleno de nuevos clientes.

De a poco, con el correr de los minutos, el escenario empieza a descongestionarse. Mientras el momento de un nuevo intercambio de público se aproxima, en el aire se siente la certeza de la llegada de un nuevo acto.

2º Acto: Malabia

Ingresan al escenario, con una cadencia y gracia de inusitada humildad, dos chicos. Son hermanos, aclara uno de ellos, y piden unas monedas para el final de su presentación. En sus manos llevan, cada uno, tres esferas de color pardo que parecen livianas. Con una cara que expresa un fuerte grado de concentración, el más grande inicia su acto de malabarismo. Es todo un profesional, aunque algunas de las bolas peguen contra el techo del escenario, provocando un sonido seco y metálico. De todas formas, eso no le impide sacar sus ojos de las pelotas. El más chico no parece contar con la misma experiencia y las esferas suelen caérsele piso. Pero no se da por vencido: las recoge y vuelve a empezar, y, a decir verdad, lo hace bien. El público (que se sigue renovando) parece estar atento. El hermano más grande se prepara para efectuar la hazaña final: una pelota en cada mano y una en la nuca, mientras mantiene una posición de 90º. Su compañero intenta hacer lo mismo, pero después de un primer intento fallido, da final a su acto de una manera menos espectacular pero igual de efectiva. Se ganan un pausado aunque apasionado aplauso. El artista más chico pasa por entre el público con el brazo derecho extendido. Varios miembros del público recompensan con monedas el esfuerzo de los hermanos, quienes ahora enfilan al escenario contiguo.

Fin de la función: Los Incas

Unos 15 minutos después, la función, breve pero rica, termina definitivamente. Se abren las puertas y el público que ha quedado (no muy numeroso), se dirige, primero al vestíbulo y, más tarde, hacia las escaleras, emergiendo en las calles de Buenos Aires. Al salir de la sala, se confirma inmediatamente algo peculiar: se está en un teatro diferente, llamado Los Incas, donde una nueva fila de un nuevo público heterogéneo se prepara para la siguiente función. Me han dicho que no suele haber dos funciones idénticas en este ciclo de variedades subterráneo, y que, con suerte, uno se puede encontrar con actos que bordan lo insólito, desde un dúo de payasos que ofrece “humor sano” y cuenta chistes “sin guarangadas”, hasta un show unipersonal y de carácter casi dadaísta que comprende a un hombre, un micrófono y un ritmo hip-hop. Habrá que volver a pisar alguno de estos singulares teatros de nuevo, entonces. Será en otra oportunidad.

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