¡Volví! Te traje alfajores, hermanita

Ensayo de Ignacio Pancrazzi

Cada vez que se emprende un viaje de descanso está presente la idea de escape, de salir de la rutina todos los días, de hacer una vida diferente a la que hacemos cuando estamos en nuestras casas. Organizamos todo pensando en irnos bien lejos para cortar con cualquier lazo que nos ate al lugar que vamos  abandonar momentáneamente. Incluimos en el bolso (además de ropa y otros objetos)  la cámara de fotos, la filmadora, el teléfono celular, incluso algunas llevan la notebook. Todos estos son objetos que servirán para mantener el contacto con los que se quedan. Frases como “Te llamo cuando llegue”, “Hablamos por Chat” o “Mandame mensajes desde allá” son comunes en  una despedida. Volviendo al principio, este tipo de actitudes puede resultar in entendible, pero la mayoría de las personas siguen dando como motivo de su viaje la idea de “olvidarse de todo y de todos por unos días”. Es interesante plantear una hipótesis de por qué ocurre este extraño fenómeno.

Analicemos la situación de este tipo de viajero al que llamaremos el típico turista que viaja por placer, el placer de descansar en este caso. Es de quien suele burlarse o referirse irónicamente Caparrós en sus obras Larga distancia y El interior. Viaja con el objetivo de conocer un lugar diferente, eso está claro, pero aunque no lo diga explícitamente no puede o no quiere alejarse definitivamente de su hogar. La cámara de fotos es una herramienta imprescindible, ya que con ella tomamos imágenes de todo aquello que vemos y que a partir de ese momento quedará guardado para siempre. No habrá forma de perder ese momento a pesar del paso de los años. No sólo es este el objetivo de registrar todo lo que observamos, también se trata de una forma de mostrarle al otro que se quedó (familiares, amigos, novia)  el lugar en el que estuvimos, para que vea  y pueda conocer también. Es nuestra forma de que el otro se sienta parte de esa experiencia, grabamos todo en una memoria externa a la de nuestra mente para poder compartirlo claramente y no sólo con quienes sí viajamos.

Comprar algo autóctono, algo originario del destino que se visita es un mandamiento ineludible. Es clásico que el que viaja al norte de Argentina vuelva con un poncho o que el que va  a Mar del Plata traiga alfajores. Esta es otra forma de hacer partícipe a alguien de un viaje que no realizó, regalarle una remera que diga “Salta” por ejemplo o traerle un mate de Gualeguay es una manera de compartir, de hacer sentir parte a las personas que no nos acompañaron, (esas personas de las que buscábamos huir de cualquier manera).

El último de los ejemplos de esta tendencia extraña de borrarse sólo físicamente es el del contacto permanente que se sigue realizando con la gente que se quedó a través de llamadas, mensajes de texto o internet. La puesta al día, los informes de lo que pasa a cada extremo de la línea telefónica son casi diarios, incluso hasta se llega al punto de que a pesar de que uno ya no está allí, se conoce todo sobre nuestra vida. Todo el barrio sabe que ayer almorcé en una parrilla tucumana.

Ahora bien, analizados tres tópicos comunes de este tipo de turista nos toca repensar si realmente en este caso es acertada la afirmación de viajar para aislarse por un tiempo. Es evidente que no, pero no nos quedemos en la superficie de la cuestión solamente. Por supuesto que sigue existiendo el contacto, pero por más que uno trate de borrarla, la distancia está. Desde el momento en que nos subimos al micro o avión la idea de “escape” se cumple. Entonces ¿por qué tantos esfuerzos por mostrar y contar a los demás todo lo que se hizo o se dejó de hacer? Quizás se trate de la culpa, de cómo aliviar ese sensación, de una defensa que nos hace sentir aliviados. Consciente o no, pero el remordimiento por no querer verle más la cara  a personas que a pesar de todo uno ama es real y se busca remediarlo como sea.

Sentimos ahogo, estamos hartos de la rutina diaria y queremos salir de esa realidad aunque sea por una semana. Ponemos el empeño y las ganas que ya no ponemos en nuestra labor de todos los días en la organización de la escapada, de la salida, nos entusiasmamos por conseguir el dinero y decidir con quien o quienes realizar el paseo. Si justamente lo que buscamos es borrarnos seguramente no viajaremos con gente que viva con nosotros (esposa/o, hermanos, padres, hijos) o a la que le veamos las caras todos, pero todos los días (compañeros de trabajo, el jefe, compañeros de equipo). La intención será viajar con aquellos o aquellas que de algún modo le den frescura a nuestra vida, aunque no necesariamente sean tan cercanos. Esas personas con las que la relación no se ha visto afectada por la rutina o el acostumbramiento que llevan al aburrimiento por más cariño que exista, gente que uno no terminó de conocer tanto.

Los más cercanos a nosotros que queda afuera de nuestra imaginaria lista de convocados tiene sensaciones encontradas. Por un lado están felices porque viajar seguramente nos va a hacer cambiar esa cara de infelices, estarán contentos por nosotros por que seguramente volveremos revitalizados, renovados con energía positiva. De todas maneras puede ser que la alegría no sea por nosotros sino por ellos (“buenísimo, al fin nos deja en paz por unos días este salame”), cualquiera de las dos apreciaciones sirve para esta explicación igual. La otra reacción que puede surgir es la melancólica (“me deja de lado”, “¿tan inaguantable soy que huye de mí?”. Este sentimiento poco feliz será manifestado en los días previos la partida con comentarios como “qué grande que va a quedar la casa sin vos” o “cuando termine de hacer los arreglos en casa vamos todos juntos ¿dale?” (Hay que aclarar que esos arreglos jamás existieron pero uno no debe repreguntar).

Es a partir de estas de alegría o melancolía que se experimenta la culpa. Ya sea por no habernos ido de viaje con aquellos que apreciamos y que nos soportan todos los días o por darnos cuenta lo insoportable que es nuestra presencia para ellos. Tenemos que compensar nuestra falta, tratamos de darle cariño al otro de diversas maneras a partir de que viajamos con la idea de desaparecer un tiempo. Dejamos gente atrás, gente querida, gente dolida durante ese viaje por no haberla elegido o gente dolida no por el viaje, sino porque saben que volveremos. Mediante todas esas técnicas de registro es nuestra manera de decir “lo siento”. Es por eso que se toman fotos, se graban vídeos, se llama para hacer escuchar como suena el mar, etcétera. En el caso de aquellos dolidos porque los dejamos, todo esto sirve para hacerlos sentir partícipes de la aventura, de que crean que sí estuvieron presentes acompañándonos. En la situación de los que ya no quieren vernos ni en fotos es más complejo de analizar el por qué también queremos hacerlos sentir parte. La razón es que uno trata de que cambien esa imagen de ogro que tienen de nuestra persona, la idea es “miren, saqué mil fotos, trescientos veinte vídeos, te traje Havanna  hermana querida y llamé todos los días porque me di cuenta (recién ahora) de que son muy importantes en mi vida”. Se apunta a tocar el costado emocional para recomponer esa relación destrozada por la rutina pero mantenida a regañadientes por el parentesco, trabajo o anillo. Por supuesto que para que esta tesis tenga validez, el viajante debe sentirse afectado por la situación, de lo contrario lo más probable es que ni siquiera avise dónde se va ni con quien y por lo tanto ni se preocupara por mostrar ni hacer participar a esa gente miserable de su experiencia.

Puede argumentarse que en realidad registramos, compramos objetos o filmamos para no olvidar nuestra travesía. Esto es cierto pero únicamente si guardáramos todo para recordarlo y verlo mucho tiempo después de concretada la vuelta. El argumento queda refutado  y pierde sentido cuando uno invita una semana después de regresar a toda esa gente que dejo de ver por una semana para mostrarle y regalarle cosas de su viaje. ¿Qué es lo que hay que recordar si hace apenas unos días que pasó todo? El objetivo no es el rememoramiento personal, el objetivo es dar cuenta de que realmente uno estuvo donde dice que estuvo y además lograr que el otro aunque sea sólo de forma abstracta, también estuvo ahí con nosotros. Se puede llegar a un punto en el que la culpa es tan grande y vivimos hablando de cómo nos fue que al final la otra persona terminará contando nuestras anécdotas como si las hubieran vivido. El hacerlos sentir parte nos alivia esa culpa.

Otra explicación plausible es totalmente opuesta a la anterior de la solidaridad con el no-viajante. En esta se trata de lo contrario, el hastío lleva a situaciones de odio con esa gente de todos los días y entonces uno cuenta, habla, alardea de su viaje solamente para echarle en cara al otro lo bueno, espectacular y sensacional que la pasó en las playas del Caribe mientras el pobre infeliz al que se lo cuenta se quedó cuidándonos la casa y dándole de comer a nuestra mascota.  En este caso las muestras de nuestro odio se manifiestan por ejemplo en que estamos presentes en todas las fotos para demostrar que no son postales compradas ni nada de esas cosas, registramos todo aquello que puede despertar la envidia de quién se tuvo que quedar (autos último modelo, diosas esculturales, productos que en nuestro barrio tiene un valor, allá costaban la mitad).Finalmente se incluyen regalos horribles que obligaremos a usar a quien se lo llevemos ( ejemplo: remeras con la inscripción “alguien que me quiere mucho me trajo esta remera de Sta.Teresita”) o regalos con mala intención ( una micro bikini para la novia de un amigo, una caja de alfajores para nuestra hermana que está haciendo dieta). Lo importante no es ver tener el recuerdo de lo que vivimos, lo importante es verle la cara de odio a esa/e que ya no soportamos.

 Como conclusión final vale aclarar que se trata del viaje de placer, de turismo, pero no del viaje común en el que toda la familia se va, ya que en esa situación no existiría la intención de aislarse. Los motivos de por qué se registra todo lo que se hace en ese tipo de viajes familiares exceden las pretensiones de este humilde ensayo. Las dos tesis están a disposición para que el lector decida cual es la más apropiada. En cuanto a mí, no lo explicité,  pero mi idea es que la gente no se anima a ser lo malvada que debería ser.

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