Dándole luz al instante

Cuento de Sofía Perini

Entre bicicletas, cuerpos, mochilas y alguna que otras páginas de libros y diarios asoma: la cabecita rubia que se bambolea de un lado a otro, al compás de lo que cantan esas cuerdas vocales, al compás de las frases que salen a borbotón tropezando en esos labios carnosos, esa trompa de apenas once años.

Analizo su corporeidad infantil, me detengo en su rostro, que brilla. Quizás no tanto por el reflejo del sol que entra por la ventanilla del tren, sino más bien por una luz inherente a él, una luz que proviene de lo más profundo de sus ojos. Unos ojos celestes que, cual farolas de callecita antigua, iluminan la totalidad del furgón. Sigo la delicada línea del contorno, unas rosas mejillas que acompañan la tierna sonrisa, la mueca que hace al compenetrarse con lo que está cantando, y esas cuerdas vocales que se retuercen y distienden, momento a momento. Y ya no son rosas las mejillas, más bien son de un rojo furioso, y su fuerte canto alcanza a penetrar los auriculares de aquél.

Esos brazos tan flaquitos, que con esmero buscan acompañar el sentimiento que expresa la canción, y vaya que lo logran. Esos brazos que son preámbulo de unas manos con uñas mal cortadas, sucias, pero sin dejar de ser blancas, sin dejar de ser un símbolo de lo puro que se es a esa edad. Él no escapa a esa pureza, es un cuerpo pequeño que destaca luz y pureza. Hay algo en sus ojos, como una pista, que deja adivinar toda la bondad que hay detrás de la carne y los huesos.

Recorre todo el vagón, tropezando ante el vaivén propio del tren, los pies que intentan quedarse apostados dentro de esas zapatillas, que de tan rotas no son reaseguro de nada. Unas piernas cansadas, con rodillas que se flexionan, suben y bajan buscando el punto exacto, la posición ideal para regalar una canción.

Se lo ve como sinónimo de algo tierno, humano; un humano chiquito que intenta que su dorada cabecita sobresalga entre cuerpos adultos que lo doblan en estatura, lo logra sólo en parte. Pero ese brillo y ese canto que lo acompañan y le son tan propios le proporcionan una fuerza, un ímpetu insospechado. Su pecho se llena de aire, sus labios largan versos, su cara es emoción. La canción, que sale de sus entrañas musicaliza el vagón. Y el cuerpecito se hace grande, está por todo el vagón, en cada rincón, “dándole luz al instante”.

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