La búsqueda

Cuento de Evelyn Chacra

Moretti tenía que entregar el final de su novela a Juan, su amigo, quien le daba una mano con la edición y la publicación del libro. Había empezado a escribirla hacía tres años ya, una madrugada, en un arrebato que le costó varios días de escritura y vigilia. Tenía el argumento y la trama, sus personajes se echaban a rodar solos por la historia haciendo su propia vida: realista y sin fin. La habían hurtado de tal manera que la novela no terminaba nunca; Moretti siempre sentía que quedaba algo por decir, algún cabo suelto u otro pequeño capítulo que podía enriquecer la lectura; así llevaba ya varios años, estancado en un texto que todavía no tenía título. En los últimos meses, ya había dejado de prestarle atención a su novela por mero hartazgo. Pero su obra era tan prometedora que Juan ya la había vendido a una editorial.

Paralelamente, trabajaba en la redacción de un diario y seguía escribiendo las crónicas para su columna. Además, había publicado algunos cuentos cortos que le habían otorgado prestigio a sus ficciones.

Una noche, dos semanas antes de la fecha límite para la entrega, decidió que era momento de darle un final a su metáfora encuadernada del mundo. Se sentó en el escritorio de su departamento en Flores, prendió la computadora portátil y pensó en cómo traer a Susi, al gallego y a toda la patota al presente.

Estuvo pasmado frente al documento largo rato. Quiso evadir la responsabilidad de seguir y se fue a buscar un café bien negro: eran las nueve y sabía que le quedaba una noche llena de ambigüedades, decisiones y muerte. Terminó su café, vio los sedimentos de los últimos tragos y se los echó también dentro de la boca. Miró la pantalla nuevamente y leyó una y otra vez los párrafos que debía continuar. Sin ninguna idea nueva, prendió un cigarrillo y lo fumó de una vez, en ningún momento lo apoyó en el cenicero. Ya habían pasado dos horas estáticas cuando pensó por primera vez en el vacío que dejaba su falta; decidió que allí sentado no conseguiría lo que buscaba.

Saludó a su mujer y salió a la calle. Caminó unas cinco cuadras hasta lo de Juan y le tocó el timbre: “Juan, bajá”. Se fueron juntos al bar de la esquina caminando por el medio de la calle empedrada. En la barra, con dos ansiosos vasos de vino ante sus ojos, Moretti empezó a lamentarse por haberla perdido. Como si ella lo estuviese escuchando desde algún lugar, le reclamó que la estadía a su lado había sido muy corta, sólo una noche que lo atormentaría por tres años ya; que se había ilusionado al pensar que él sólo podía hacer arte, que algo dentro de él había sublimado. Con el pasar del tiempo fue comprendiendo que había sido uno más en su lista de visitados, que ahora se las veía solo contra la vida del artista. Los dos vasos se transformaron en cinco, diez, quién sabe cuántos; Juan miró su reloj de pulsera y aclamó que ya era muy tarde, que tenía que dormir. Moretti se quedó.

 Sentado frente al mozo que lo miraba con una mezcla de entre desdén y lástima (creyó que hablaba de su amada) el escritor comenzó a pensar en su barrio: barrio de poetas y cantores. Incontables libros, poemas y canciones pasaron fugazmente por su memoria: las chicas de Flores de Girondo; las palabras que habrá escrito Baldomero Fernández Moreno en su casa de setenta balcones y ninguna flor; hasta recordó la humedad de Cacho Castaña en Gaona y Boyacá. Llegó a la conclusión de que si todo eso había sido posible, ella debía estar por ahí, paseando por alguna calle, buscando algún alma perdida; se lamentó de que no lo eligiera a él. Le preguntó al mozo si la había visto pasar, pero él le contestó que no la conocía.

Le hubiera gustado cruzársela, terminar con ese insoportable extrañamiento, decirle que quería una vida a su lado, que la cuidaría siempre; que él, sin ella, no era nada: sólo un aprendiz de literato. Le recitaría alguna línea robada de Pablo para llamarla en su idioma.

Al salir del bar levantó la mano emulando un desinteresado saludo; había caído la noche fría y oscura que contrastaba con el inmenso blanco que inundaba su cabeza: dos semanas para concluir una tarea postergada hacía mucho y afrontar el miedo de arruinar semejante obra promisoria.

Vagó por las calles sombrías buscando alguna pista, algún disparador; se ilusionó al creer que la borrachera agudizaría sus sentidos. Miró el cartel esquinero de Rivadavia y cantó: “Caminamos una calle sin hablar… Avenida Rivadavia… y pensé y pensé… la mañana incoherente me sonrió, una burla que volaba se escapó con ella… y pensé y pensé… eee…eeé”

Ya no quedaban dos semanas.

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