Recuperando al animal

Por Fabián Saladino

Se masacra a los sentidos, en pos de un fin “más razonable”, y así se aligera la carga de vivir, de ser.

Anteojos para ver mejor, o para proteger del sol.
Ropa para ocultar el cuerpo y sus partes “Que mejor no conviene ver”.

Perfume para que olamos mejor.

La animalidad es tan cercana a la repugnancia que hablar de pañales es pura travesura en el fango, pura negrura de suciedad.

Mejor guantes, porque esta piel no aguanta, no es suficiente.
Y ponete antiparras, los walkman, los mp3 y edulcorante porque ese sabor es poco deseable.

¡Poné el aire!

¡Qué mal aliento!

¿Cuándo habrá sido que estas “formas” se convirtieron, en muchas ocasiones, en fundamentos primeros o fueron de a poco naturalizándose para dejar de ser adjetivos y llegar a objetivarse?

Hay un desprecio indudable por el cuerpo.

Lo apolíneo ha sido y vive siendo retomado por la sociedad occidental, dejando atrás toda animalidad, admitiendo lo dionisíaco como propiamente oculto (o, mejor, aconsejada o apolíneamente oculto); con lo cual asistimos de alguna manera a un “no-ser” o a un ser cuyo desenfreno, impulsos, transgresiones, son tales en la medida en que están firmemente arraigadas en la naturaleza propia de ser que se le exige.

Asistimos a un mundo que es un 80% apolíneo y un 20% dionisíaco: esas dosis “de escape”, de desenfreno, de soltura, son socavadas dentro de una lógica “razonable”, y la autonomía propiamente corporal no existe para esta civilización.

Si ponemos “en duda” momentáneamente ciertas naturalizaciones no hace falta “demasiado análisis” para dar cuenta de estructuras estructurantes que fueron estructuradas pero se presentan como naturales (digámoslo: necesariamente necesarias).

La soltura es ese derrocamiento de ataduras al mundo social, esa esclavitud cedida al viento, al hecho de ser, comenzando a ver las cosas desde todo ángulo posible, entendiendo también que esos ángulos son criticables en la medida en que son parte de un habitus.

El ser respira hondo y se sumerge en esas aguas, tempestades profundas: la vida; y ligado al hecho de ser le da rienda libre al sentido propio de sus sentidos para así dar cuenta de esta confluencia continua entre él y los mundos circundantes, en los que se haya además incrustado.

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