Teixeira Das Freitas

Cuento de Juan Baca Castex

Atrás ya quedaban las últimas playas del sur del estado del Bahía, situado en el nordeste del gigante país. Cumuruyativa, Farol. A diferencia de las exóticas playas como Itacaré y Porto Seguro estas eran playas de arena amarilla y aguas grisáceas, cada vez más lejos del turismo y los aeropuertos internacionales, del ruido y los gringos con sus cámaras réflex. Nos alejábamos ya definitivamente del paraíso, de las noches en la playa con diosas escandinavas y amazonas nativas.

Contábamos ya casi con cuatro meses en territorio brasilero, escaseaban la plata (tuvimos que vender la carpa para poder emprender este regreso) y la salud, pues los cuatro: Santi el Gordo, Renata y yo veníamos arrastrando estafilococos, esa maldita bacteria que se mete en tu piel y te pudre la carne haciendo brotar el pus por innumerables cicatrices en las piernas. Estábamos literalmente podridos, en Prado, la playa más austral del estado, con el único fin de conseguir una inyección de penicilina para mi hermano Santi. Los estafilococos para él ya eran un problema. Le había empezado a dar fiebre y no podía caminar. El destino era ahora Teixeira Das Freitas, desde ahí me habían dicho iba a poder conseguir una “carona” (dedo) hasta Río pues era un importante enclave de camioneros.

La penicilina funcionó a la perfección para Santi y en unas horas ya había bajado la fiebre. Lejos del mundo “moderno”, tres días fueron necesarios para conseguir un hospital donde tuvieran esa bendita droga.

Con las últimas monedas compramos unos pasajes a Teixeira que quedaba a unos 400 kilómetros hacia el interior, la ruptura con el mar que nos había cobijado durante todo el viaje terminaba de concretarse.

El motorista del ómnibus nos dejó en una gigantesca estación de servicio Petrobras en las afueras de la ciudad donde, se suponía, habríamos de conseguir rápidamente la tan deseada carona a Río.

Allí los camioneros se mostraron reacios a llevar a unos gringos. Ni siquiera esas dos amables putas, Dioni y Carol pudieron ser de ayuda para nuestra empresa. Dioni debía de pesar unos 150 kilos, era mestiza y a cada rato se la veía ir desde la cantina hacia los camiones acompañada de algún fornido camionero. Y cuando terminaba venía con nosotros, nos traía torta y se quedaba a escucharnos tocar un rato. Carol era más bien flaquita pero no parecía tener mucho más éxito en su negocio, el cual definía según sus palabras como Fucy Fucky, y se lo demostró al gordo empíricamente en una bolsa de dormir al lado de los baños mugrientos. Por supuesto Ad Honorem. La gorda quedó vacante.

Dos días pasamos en la Petrobras. La situación era desesperante por lo que le propuse al grupo probar suerte en el pueblo a ver si podíamos vender algo de artesanato que nos permitiera seguir hacia al sur, hacia casa.

Un real, Teixeira. Una ciudad gris que me llamó la atención por la cantidad de locos que deambulaban como sonámbulos por sus calles. Todo lo imaginaba de brasil estaba ausente en Teixeira das Freitas y la sensación que me invadió fue la de salir de ahí cuanto antes. Nunca me había sentido tan extranjero.

Nos ubicamos en la plaza del pueblo enfrente a la terminal de ómnibus, era una plaza enorme que lindaba con 2 grandes avenidas, por lo demás era muy corriente, no tenía grandes monumentos y toda su vegetación lucía descuidada. La terminal que representaba la única conexión con el mundo real en esa ciudad de pesadillas, tenía una serie de columnas dispuestas en semicírculo, y un par de puestos donde vendía los celebres salgados que son como unas empanadas fritas rellenas de todo lo que uno se pueda imaginar. Los bocaditos más populares del Brasil.

La idea era vender lo suficiente para comprar cuatro pasajes al estado más cercano. Las noches las pasábamos en la plaza misma acomodados en los árboles y durante el día el artesanato no se dejaba vender mucho. Ansiedad es la palabra que define cada segundo transcurrido en esa plaza, en el corazón de esa ciudad chata  y oscura con sus locos temibles yendo y viniendo y sus calles de tierra. Al final todos los pobladores parecían ser locos y sus actividades se transformaban en un sin sentido todo lo que ahí pasaba. También la dieta a base de mortadela y pan había comenzado a surtir su efecto en nosotros  que ya no escapábamos a la naturaleza psicótica de la ciudad.

Dos días en la plaza y llegaron otros viajeros, eran lo que se conoce vulgarmente en Brasil como “Malucos” una especie de artesanos villeros, Malucos da estrada. Maluco en portugués significa loco. Estrada: calle. Estos locos de la calle, brasileros vinieron directamente a nuestra tranquila parada y se acomodaron junto a nosotros. Estaban viajando hacia el norte, nosotros hacia el sur. Enseguida se empezó a sentir la tensión, nosotros ya habíamos tratado con ese tipo de gente antes y no eran dignos de confianza.

Sin embargo se acercaron a nosotros apelando a la identificación entre viajeros, y que esto y que lo otro y, en definitiva se acomodaron cerca nuestro. Debían ser unos diez pero no estaba claro ya que cada dos por tres desaparecían algunos y aparecían otros nuevos.

De entre la banda de malucos guardo especialmente el recuerdo de Paulo un negro grandote quien desde principio  parecía ser el más interesado en hacer sociales con nuestro grupo. También había un rasta, Fabio, un gordo barbudo que parecía un motoquero y unos cuantos personajes que seguía a la manada ya que debido a sus insignificantes existencias no podían aspirar a mucho más. Pero que quede claro, seguían a la manada.

Durante el día nosotros nos ocupamos de nuestras cosas, que eran de importancia capital como salir a buscar el almacén donde resultara más barata la mortadela, tratar de vender algo por las calles llevando un palo forrado de tela donde iban colocadas cuidadosamente las pulseras de macramé: “el manguero” . Y por supuesto procurar un baño sin la pretensión de que fuera decente. La plaza mostraba un movimiento considerable, los lunáticos se mezclaban entre la gente común, la terminal tenía movimiento, su gente no sonreía como en otros lados de Basil y parecía resignarse a esa existencia pero no sin mostrar su disgusto por medio de austeras expresiones en sus rostros.

El día se fue esfumando y la plaza retornaba a su natural estado fantasmagórico. Volvimos a quedar entre los locos y los malucos, que en definitiva eran lo mismo. Eran alrededor de las 9 de la noche cuando noté que algo pasaba entre los malucos. Con el gordo nos acercamos a mirar. Uno de ellos se comportaba de manera extraña, estaba como convulsionado y decía cosas absurdas con la mirada perdida, era todo un espectáculo. En eso se acercó a el el rasta Fabio y tras examinarlo detenidamente saco una biblia de su bolsillo y empezó una especie de ritual que parecía afectar al poseído. Fabio leía cada vez más fuerte y al final estaba vomitando a los gritos las sagradas escrituras. La situación no avanzaba ante lo que, guardando su biblia cuidadosamente, el

curandero le metió al enfermo una piña en la cara que lo hizo girar 360 gados. Nos quedamos atónitos. El poseído pareció sacarse enseguida todos los demonios de adentro. Estaba curado. El rasta lo volvió a embocar y el otro atinó a salir corriendo. Todos los malucos lo persiguieron. Algunos llevaban cuchillos, otros gubias, pinzas y palos. Le comuniqué al gordo que era el momento justo para rajar de ahí y el estuvo de acuerdo por lo que enseguida nos dispusimos  a guardar nuestras cosas. A medida que íbamos terminando de hacer nuestras mochilas iban cayendo los perseguidores jactándose de haberle cortado al pobre diablo la cara, otros decían que lo habían matado, todos estaban excitados y ebrios de violencia. Paulo llegó entre los primeros y nos pidió prestada la guitarra. Le dije que nos estábamos yendo. Se fue. A los pocos minutos volvió, esta vez le dije que se la daba pero que se la iba a pedir pronto, ni bien terminara con lo mío. Enseguida me convencí de que había sido un gravísimo error. Terminé de guardar mis escasas pertenencias y me acerqué hasta donde Paulo para pedirle el instrumento. El estaba tocando plácidamente, y ni reaccionó ante mi pedido por lo que lo repetí, él seguía inmutable. Simplemente no me daba bola. Irritado le metí un manotazo a la guitarra e intenté arrebatársela, el se puso firme y empezamos a forcejear, ninguno de los cedía hasta que vi que el negro se estremeció. Acto seguido lo vi al gordo y vi, en el pómulo de Paulo, abrirse una herida considerable y sangre que brotaba de ella. Santi venía corriendo desde atrás y con envión lo embocó al negro quien durante unos segundos estuvo a nuestra merced. Habíamos declarado una guerra y sabíamos que partir de ese momento no había vuelta atrás. Mientras ese pensamiento cruzaba mi mente sentí un palazo en la cabeza, deje de ver a los chicos para verme en medio de unos cuantos malucos que venían con sus pinzas y sus palos. Pánico. Tuve la agilidad para evitar las embestidas de sus elementos punzantes. Obviamente tuve que soltar la guitarra pero ella rápidamente volvió hacia mí, concretamente hacia mi cabeza. Esa no parecía la guitarra que tantas alegrías me había dado. Conseguí alejarme unos metros de esa manada y mire un segundo alrededor. Todos los malucos habían vuelto y todos estaban contra nosotros. Algunos venían a buscarnos directamente, otros como el gordo grandote de barba se dedicaban a tirarnos pesadas piedras desde lejos. La situación del gordo y Santi era idéntica a  la mía. Renata gritaba como una loca dándole un marco absurdo a todo el asunto. Me fui de una corrida hacia donde estaban las mochilas, agarré las tres y en seguida encaré hacía el límite de la plaza con la calle. Llamaba  a los chicos a los gritos, Santi apareció de repente al lado mío diciéndome que había que desaparecer

de ahí. El gordo estaba acorralado entre unos cuantos pero empezó a venir para nuestro lado. Cuando nos reagrupamos cada uno tomó su mochila y encaramos para la calle. La axila de Santi sangraba. Le habían enterrado una gubia y presentaba un pequeño y profundo agujero. El gordo y yo estábamos relativamente enteros. Unos pocos nos siguieron hasta la calle. Parecía que los otros habían saciado sus instintos con el poseído por los demonios. Al rato ya nadie nos perseguía, encaramos hacia el hospital para que lo vean a mi hermano. Cada persona que veía era un potencial agresor, ciudad de mierda. El odio, el miedo, la ansiedad todos ellos se habían juntado en mi para converger en un sentimiento destructivo que no puedo explicar debido a las limitaciones del lenguaje y que me hacia brotar lágrimas secas y mudas. El hospital quedaba lejos y en el camino se nos unió un negro de rastas que se llamaba Jamaica y nos acompaño hasta el hospital.Todo el hospital parecía un baño gigante, lleno de sarro y mugre entre colores los verdáceos opacos de sus corredores. Finalmente lo atendieron a Santi. Yo me di un paseo por las instalaciones y en un cuarto me encontré con el poseído. No lo habían matado pero si le habían cortado con saña toda la cara hasta desformársela por completo. Me alejé de allí enseguida.

Cuando salí de ese hospital solo ocupaba mi mente un pensamiento: Volver a la plaza y matar a alguno de esos hijos de puta. Juntamos coraje y nos acercamos a una construcción a proveernos de objetos contundentes, yo agarre un pesada fierro de construcción con la esperanza de poder estrellárselo a  Paulo en la cabeza y ver saltar sus sesos en mi. El negro Jamaica se puso a cagar entre nosotros como si nada, después nos imitó y agarró un palo. Silenciosamente llegamos a la plaza, el miedo me recorría todo el cuerpo y yo me agarraba cada vez más fuerte de mi fierro, vi unas siluetas en el piso, estaban durmiendo. En ningún momento se me había ocurrido ser honorable y el factor sorpresa era un regalo de dios. A medida que me acercaba iba aumentado la marcha, atrás venían los chicos y Jamaica. Llegado  un momento podía escuchar su respiración, sus ronquidos. Estaba decidido ese día iba a matar a alguien, no existía tiempo después de esa noche. Levante el palo,  me disponía a asestar el golpe mortal escuche unos gritos, era una mujer pidiéndome por favor que pare, que él no era uno de esos tipos, que ellos se habían ido. Lo mire bien, era un hombre grande y estaba durmiendo junto a su familia. Me di vuelta y me alejé. Las cosas habían salido demasiado bien hasta ese momento pero Teixeira das Freitas había logrado convertirnos en solo algunos más de sus locos moradores.

A la mañana siguiente conseguimos dos boletos de ómnibus en la asistencia social para llegar a San Mathews, la primera ciudad del Estado de Espírito Santo, el estado que limitaba al norte con Bahía y Al sur con Río, y con lo que teníamos ahorrado pudimos comprar los otros dos. Todos dejamos esa ciudad infernal cambiados queríamos volver, pero el hogar todavía estaba muy lejos y el viaje iba a tener que seguir.

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