El monstruo de los temblores (o Un niño invisible)

Por Santiago M. Lukac

(se recomienda leer escuchando la música del siguiente video:

http://www.youtube.com/watch?v=QgINxrPlAh8&feature=fvwrel)

 

Tiritaba. Se estremecía de pies a cabeza sentado en un subte atiborrado de gente; y sin embargo nadie se acercaba a él. Temblaba de un frío que nada tenía que ver con el clima. Se sacudía constantemente sin saber porque y por más que intentaba desesperadamente frenarse, nada lograba.

Con sus ojitos recorría el vagón que lo transportaba y encontraba el mismo paisaje de siempre. Miradas acusadoras. Miedo. Labios contorsionados de asco. Él tenía sus manitos apoyadas sobre sus piernas y las vibraciones que parecían nacer en su columna vertebral lo sacudían sutil pero firmemente. Hacía tanto que lo asaltaban esos ataques (ya no se acordaba lo que era vivir sin ellos) que simplemente se había renegado.

Respiraba entrecortadamente. Sus ojos le traían de nuevo el rencor; la pared que lo separaba y lo separaría siempre. Sentía entre sus pulmones un nudo que se apretaba más y más. El mismo nudo pesado que lo acompañaba siempre; el nudo que tironeaba de sus hombros hacia abajo; el nudo que llevaba humedad a sus ojitos; humedad que se condensaba en pequeñas lágrimas. Decidió mirar sus manos y trató de encogerse, de desaparecer. Interiormente pedía perdón por estar ahí, y que ganas de bajarse en la próxima estación pero faltaba mucho para llegar al plato de sopa calentita que le habían prometido y el pasaje en subte le había costado mucho. Perdón, perdón personas, no quiero, no quiero molestarlas, no quiero temblar, no quiero ser asco, pero no sé, perdón, no quiero, pero no lo puedo evitar. Perdón.

Corría. Romina iba lo más rápido que podía siguiendo a su mamá que la tironeaba por todo el Alto Palermo, de local en local, de probador en probador. ¡Dale Romina que me dijeron que en Prüne hay unas carteritas divinas! Que lástima que este vestidito ya no les queda en negro. Ah, esta remera ¿No es divina? Pasamos por Kill y listo.

Y camino a Kill había una juguetería. Y Romina vio un oso grande, justo entre unos muñecos que hablaban y tenían pistolitas con láser y la última Barbie con accesorios incluidos. Un oso de peluche grande que Romina quería abrazar. ¡Dale Romina! Dale, ya te vamos a comprar la Barbie para tu cumple… No má, yo quiero. Ahora no Romina, dale vamos.

Pasaron por Kill y después había que apurarse para llegar al subte. Bajar, caminar, salir del shoping y justo ahí las escaleras hacia abajo, hacía el mundo sin luz y a Romina le divertía el misterio.

Empezó a descender saltando los escalones con mucho cuidado de no caer en las líneas que separaban las baldosas. Los primeros dos pudo fácil, pero en el tercero su pie izquierdo cayó un poquito sobre la línea. Lo acomodó rápido en el cuadrado y miró a su mamá, sonriendo traviesa. Ella hablaba por celular y le hacía gestos con la mano para que se apurara.

Romina bajó la cabeza y pisó todas las líneas de los escalones a propósito, aunque sabía (porque le había dicho una vez un tío) que al pisar las líneas estaba haciendo explotar estrellas en el cielo.

Llegaron abajo y la mamá de Romina seguía hablando por celular y mirando inquieta el lugar donde en cualquier momento aparecería el tren culpable, el que no puede salir a la luz del sol.

Un señor tocaba la guitarra pero Romina no escuchaba bien. Miró a su mamá y, al ver que estaba distraída, se acercó despacio y reconoció la canción.

“¡No! Permanecer y transcurrir no es perdurar, no es existir, ni honrar la vida.” El señor miró a Romina y le sonrió. A ella la atacó la vergüenza y sintió cómo le subía una ola de calor a las mejillas.

¡Romina! Vení acá. El subte había llegado y su mamá la miraba enojada. Ella fue corriendo a su lado y entraron apretadas al vagón.

La niña miró buscando alguna parte con menos gente y su mamá vio el mismo lugar al mismo tiempo. Intentó frenarla pero ya era tarde. Su hija se sentaba al lado del chico ese sucio que temblaba sin parar y ella miraba la escena invadida por el miedo.

El niño levantó lentamente la vista y miró a la linda chica que se había sentado al lado suyo. ¿Por qué se acercaba a él? ¿No sabía que él era asco? Romina vio que el niño la miraba tiritando y le sonrió.

-¿Tenés frío? –le preguntó.

Los pasajeros del vagón miraban de reojo la escena. La mamá de Romina temblaba de miedo (ya la retaría, ¡como podía hacerle pasar ese momento!). Todo el ambiente parecía aferrarse tenso al desarrollo de la escena entre los chicos.

-Un… un poco –respondió el niño, y su tiritar disminuyó.

-¿Querés mi campera? Es rosa, pero es abrigada

Él sonrió tímido y dejó de temblar.

-No, esta bien. Gracias.

-¿Tu mamá donde está?

Él niño se encogió de hombros y miró al piso. Romina sintió que había hecho algo malo y pensó rápido qué podía decir, qué podía hacer. Puso una mano en el hombro del chico y le preguntó:

-¿Cómo te llamás?

Él la miró sorprendido. El nombre, su nombre, a una desconocida, a esa niña. Era una manera de existir para alguien. Una manera de ser.

Se sentó más erguido que nunca y ya no temblaba. Sonrió sincero, alegre, y dijo, como rebelando un secreto agradable, una increíble sorpresa:

-Soy Pablo –y agregó aún más confidencial- Pablito.

-Yo soy Romina. Romi.

Risas tranquilas. Ojos que se miran sinceros. La mano de Romina busca la de Pablo y su madre que mira de lejos tiembla pensando en gérmenes y enfermedades. Pablo mira la mano de Romina en la suya y luego vuelve a su cara, a sus ojos.

El silencio rígido del vagón se ve súbitamente roto por el ronquido de un señor a unos asientos de distancia de donde se encuentran los chicos. Romina le susurra algo al oído a Pablo y ambos se ríen.

La mamá de Romina no puede soportarlo más. Ve todo con su alma en vilo y de repente se quiebra y llama a su hija. Ella la mira sorprendida y le dice que faltan estaciones para casa. La madre la vuelve a llamar y dice algo de que el viaje dura mucho y que ocurre que…

A Romina eso le suena de algún lado y deja de prestarle atención a su madre. Durar y ocurrir. Se ríe, y recita en voz alta:

-Eso de durar y transcurrir no nos dá derecho a presumir, porque no es lo mismo que vivir honrar la vida.

Su madre se enoja y le dicen que en la próxima estación se bajan. Romina mira el piso triste y luego a Pablo.

-Chau –le da un beso en la mejilla y con su madre bajan unas estaciones antes que su casa.

Pablo se queda mirando el lugar por donde se fue la niña, todavía atónito. El vagón se llena de susurros y rumores pero Pablo es ajeno a ellos. Él sigue pensando en la niña que le dio un calor que nada tiene que ver con el clima hasta que de repente un señor se sienta en el asiento que Romina dejó libre y Pablo lo mira.

-Vos sos Pablo ¿no? Te veo viajar muchos días a esta hora. Mi nombre es Jorge –y le tiende la mano.

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